Modo Práctica
Fragmento de un artículo especializado publicado en la revista Estudios Públicos el año 2021.
El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso
Karen Urrejola Corales Pontificia Universidad Católica de Chile.
Para Maturana (1995a), el lenguaje es el mecanismo fundamental de interacción social. Así, es la conducta primaria de las personas en las sociedades que ellas conforman: “Nuestra individualidad como seres humanos es social y al ser humanamente social es lingüísticamente lingüística, es decir, está inmersa en nuestro ser, en el lenguaje” (Maturana, 1995a, p. 78). De este modo, el lenguaje sería este fluir recursivo de coordinaciones conductuales consensuales que se da en sociedad (Maturana, 1995a). Así, existimos en un mundo social que es definido a través del lenguaje, pues es en este donde nos realizamos como seres vivos y donde subyace nuestra organización y representación social (Maturana y Varela, 1984).
A partir de lo anterior, el autor concluye que el ser humano es el que otorga los significados a las palabras, entendidas como nodos de coordinaciones conductuales consensuales, siempre como observador inmerso en este lenguaje. Dicho de otra manera, asignamos significados a los gestos, conductas o sonidos desde la relación de coordinación conductual consensual donde vemos que estos participan, es decir, desde la interacción misma que los envuelve y que percibimos (Maturana, 1995b). De este modo, las palabras tendrían significado en este fluir de coordinaciones dadas por la propia experiencia del observador, a través de su participación en la sociedad.
Desde esta mirada, Maturana (1995b) postula el lenguajear como un neologismo9 para hacer referencia al acto de estar en el lenguaje mismo, sin referirse específicamente al habla, sino al concepto de estar en este sistema. En otras palabras, se refiere al operar en este lenguaje, pues somos en el lenguaje. A partir de lo anterior, Maturana (1995b, p. 85) indica:
lo que un observador ve como el contenido de un lenguajear particular, está en el curso que siguen las coordinaciones conductuales consensuales que tal lenguaje involucra, en relación con el momento en la historia de interacciones en que ellas tienen lugar.
Así, el rol del observador es fundamental y, al mismo tiempo, se ve influido por este, ya que el acto mismo de participar en el lenguaje gatilla cambios estructurales en las dinámicas sociales (en su amplio concepto) del que el observador es parte (Maturana, 1995b).
El lenguaje, entonces, configura nuestra realidad: “es dentro del lenguaje mismo que el acto de conocer, en la coordinación conductual que el lenguaje es, trae un mundo a la mano […] en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los otros seres humanos” (Maturana y Varela, 1984, p. 155). Así, Maturana (1995c) postula la existencia de una objetividad sin paréntesis y una objetividad entre paréntesis. La primera da cuenta de un universo y realidad independientes de nuestro lenguaje, mientras que la segunda admite varias realidades, y es en este lenguajear y conversar donde se genera esta realidad (Maturana, 1995c). Es en esta segunda objetividad donde el acto de conversar y reflexionar se vuelve fundamental, y es a la que adscribe el autor. De esta manera, es la reflexión en torno a nuestro lenguaje lo que nos permite tanto contemplar nuestro mundo e identidad como acceder al mundo e identidad del otro (Maturana, 1995a, 1995b).
Si entendemos, entonces, que el lenguaje se da en este fluir de interacciones recursivas de coordinaciones conductuales consensuales, y que es en este que creamos realidad, en conjunto con otros, la reflexión en torno a aquel es fundamental (Maturana, 1995a, 1995b). La contraparte, en cambio, nos llevaría por un camino distinto. El lenguaje, sin la reflexión en torno a este ni en la disposición a conversar con el otro, es lo que también nos puede distanciar y llevar a la exclusión del otro: “Pero el lenguaje es también la caída del ser humano, al permitir las omisiones frente al ser biológico que traen consigo las ideologías, […] nuestras ideologías justificativas nos limitan frente a nosotros mismos y los demás” (Maturana, 1995a, p. 81). El apego exacerbado a nuestras ideologías nos lleva a negar al otro y nos cerramos al acto de conversar y reflexionar sobre el mundo que compartimos con el resto. En otras palabras, al negar al otro, invisibilizamos otras cosmovisiones y representaciones de la realidad.
La invisibilización del otro en el discurso no es nueva y se da en diferentes áreas como la escuela, la prensa, las redes sociales, las leyes e incluso la conversación cotidiana. La invisibilización en el discurso social de grupos y de los actos discriminatorios que han sufrido (como es el caso de disidencias sexuales, de las mujeres y su historia, de inmigrantes, indígenas y sectores vulnerables), así como de la manera en que se representan en los discursos, muchas veces desde una mirada negativa, es parte de una violencia estructural (Van Dijk, 1997, 2001; Butler, 2002; Sorribas y Cabral, 2010; Valverde, 2013; Cornejo, 2017; Varela, 2019; entre muchos otros).
Así, el dar nombre a actos de discriminación y violencia de forma específica es visibilizarlos socialmente. Por ejemplo, el hecho de dar un nombre a la agresión psicológica o física en las escuelas como bullying (Olweus, 1978), es dar un lugar a estos actos en nuestro discurso, y es lo que incide en que comencemos a conversar del tema. De este modo, conceptos como racismo, machismo, homofobia son palabras que en su uso visibilizan estos actos (y a quienes son víctimas de estos) y abren la oportunidad de conversar/reflexionar en torno a ellas y sus respectivos contenidos.
De este modo, para Maturana (1989) el acto de conversar es fundamental, ya que todo quehacer humano se da en este acto y es en este donde se da la posibilidad de aceptar la realidad del otro. Desde esta mirada, Maturana y Varela (1984, p.163) indican lo siguiente: “Lo que cabrá, entonces, será la búsqueda de una perspectiva más abarcadora, de un dominio experiencial donde el otro también tenga lugar y en el cual podamos construir un mundo con él”. La presencia del otro y su realidad en nuestro discurso, es necesaria para poder convivir en respeto y armonía, sin negarlo y sin negarla frente a ideologías creadas a priori10.
Es a partir de lo anterior que se dan los esfuerzos actuales por incluir a todos y todas en nuestro discurso, sin imponer ideologías o ‘conceptos’ desde una sola mirada. Así, no son menores las discusiones sobre cómo nombrar a personas en situación de discapacidad (García et al., 2013), distintas realidades e identidades sexuales (Ramírez y García, 2018), o culturales, en su amplio espectro y diversidad. El ‘cómo quiero ser nombrado o nombrada’ da cuenta de ‘cómo soy parte’ de la realidad que integro, y cuál es mi identidad en esta. Dar espacio a todos y todas en nuestro discurso es dar espacio a la inclusión social y a las estructuras que nos conforman y conforman nuestra realidad, que es siempre compartida.
Urrejola Corales, K. (2021). El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso. Estudios Públicos 163, 167-172. https://doi.org/10.38178/07183089/0214210705
De acuerdo con la lectura, ¿qué posibilidad entrega la «objetividad entre paréntesis» al ser humano?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento de un artículo especializado publicado en la revista Estudios Públicos el año 2021.
El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso
Karen Urrejola Corales Pontificia Universidad Católica de Chile.
Para Maturana (1995a), el lenguaje es el mecanismo fundamental de interacción social. Así, es la conducta primaria de las personas en las sociedades que ellas conforman: “Nuestra individualidad como seres humanos es social y al ser humanamente social es lingüísticamente lingüística, es decir, está inmersa en nuestro ser, en el lenguaje” (Maturana, 1995a, p. 78). De este modo, el lenguaje sería este fluir recursivo de coordinaciones conductuales consensuales que se da en sociedad (Maturana, 1995a). Así, existimos en un mundo social que es definido a través del lenguaje, pues es en este donde nos realizamos como seres vivos y donde subyace nuestra organización y representación social (Maturana y Varela, 1984).
A partir de lo anterior, el autor concluye que el ser humano es el que otorga los significados a las palabras, entendidas como nodos de coordinaciones conductuales consensuales, siempre como observador inmerso en este lenguaje. Dicho de otra manera, asignamos significados a los gestos, conductas o sonidos desde la relación de coordinación conductual consensual donde vemos que estos participan, es decir, desde la interacción misma que los envuelve y que percibimos (Maturana, 1995b). De este modo, las palabras tendrían significado en este fluir de coordinaciones dadas por la propia experiencia del observador, a través de su participación en la sociedad.
Desde esta mirada, Maturana (1995b) postula el lenguajear como un neologismo9 para hacer referencia al acto de estar en el lenguaje mismo, sin referirse específicamente al habla, sino al concepto de estar en este sistema. En otras palabras, se refiere al operar en este lenguaje, pues somos en el lenguaje. A partir de lo anterior, Maturana (1995b, p. 85) indica:
lo que un observador ve como el contenido de un lenguajear particular, está en el curso que siguen las coordinaciones conductuales consensuales que tal lenguaje involucra, en relación con el momento en la historia de interacciones en que ellas tienen lugar.
Así, el rol del observador es fundamental y, al mismo tiempo, se ve influido por este, ya que el acto mismo de participar en el lenguaje gatilla cambios estructurales en las dinámicas sociales (en su amplio concepto) del que el observador es parte (Maturana, 1995b).
El lenguaje, entonces, configura nuestra realidad: “es dentro del lenguaje mismo que el acto de conocer, en la coordinación conductual que el lenguaje es, trae un mundo a la mano […] en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los otros seres humanos” (Maturana y Varela, 1984, p. 155). Así, Maturana (1995c) postula la existencia de una objetividad sin paréntesis y una objetividad entre paréntesis. La primera da cuenta de un universo y realidad independientes de nuestro lenguaje, mientras que la segunda admite varias realidades, y es en este lenguajear y conversar donde se genera esta realidad (Maturana, 1995c). Es en esta segunda objetividad donde el acto de conversar y reflexionar se vuelve fundamental, y es a la que adscribe el autor. De esta manera, es la reflexión en torno a nuestro lenguaje lo que nos permite tanto contemplar nuestro mundo e identidad como acceder al mundo e identidad del otro (Maturana, 1995a, 1995b).
Si entendemos, entonces, que el lenguaje se da en este fluir de interacciones recursivas de coordinaciones conductuales consensuales, y que es en este que creamos realidad, en conjunto con otros, la reflexión en torno a aquel es fundamental (Maturana, 1995a, 1995b). La contraparte, en cambio, nos llevaría por un camino distinto. El lenguaje, sin la reflexión en torno a este ni en la disposición a conversar con el otro, es lo que también nos puede distanciar y llevar a la exclusión del otro: “Pero el lenguaje es también la caída del ser humano, al permitir las omisiones frente al ser biológico que traen consigo las ideologías, […] nuestras ideologías justificativas nos limitan frente a nosotros mismos y los demás” (Maturana, 1995a, p. 81). El apego exacerbado a nuestras ideologías nos lleva a negar al otro y nos cerramos al acto de conversar y reflexionar sobre el mundo que compartimos con el resto. En otras palabras, al negar al otro, invisibilizamos otras cosmovisiones y representaciones de la realidad.
La invisibilización del otro en el discurso no es nueva y se da en diferentes áreas como la escuela, la prensa, las redes sociales, las leyes e incluso la conversación cotidiana. La invisibilización en el discurso social de grupos y de los actos discriminatorios que han sufrido (como es el caso de disidencias sexuales, de las mujeres y su historia, de inmigrantes, indígenas y sectores vulnerables), así como de la manera en que se representan en los discursos, muchas veces desde una mirada negativa, es parte de una violencia estructural (Van Dijk, 1997, 2001; Butler, 2002; Sorribas y Cabral, 2010; Valverde, 2013; Cornejo, 2017; Varela, 2019; entre muchos otros).
Así, el dar nombre a actos de discriminación y violencia de forma específica es visibilizarlos socialmente. Por ejemplo, el hecho de dar un nombre a la agresión psicológica o física en las escuelas como bullying (Olweus, 1978), es dar un lugar a estos actos en nuestro discurso, y es lo que incide en que comencemos a conversar del tema. De este modo, conceptos como racismo, machismo, homofobia son palabras que en su uso visibilizan estos actos (y a quienes son víctimas de estos) y abren la oportunidad de conversar/reflexionar en torno a ellas y sus respectivos contenidos.
De este modo, para Maturana (1989) el acto de conversar es fundamental, ya que todo quehacer humano se da en este acto y es en este donde se da la posibilidad de aceptar la realidad del otro. Desde esta mirada, Maturana y Varela (1984, p.163) indican lo siguiente: “Lo que cabrá, entonces, será la búsqueda de una perspectiva más abarcadora, de un dominio experiencial donde el otro también tenga lugar y en el cual podamos construir un mundo con él”. La presencia del otro y su realidad en nuestro discurso, es necesaria para poder convivir en respeto y armonía, sin negarlo y sin negarla frente a ideologías creadas a priori10.
Es a partir de lo anterior que se dan los esfuerzos actuales por incluir a todos y todas en nuestro discurso, sin imponer ideologías o ‘conceptos’ desde una sola mirada. Así, no son menores las discusiones sobre cómo nombrar a personas en situación de discapacidad (García et al., 2013), distintas realidades e identidades sexuales (Ramírez y García, 2018), o culturales, en su amplio espectro y diversidad. El ‘cómo quiero ser nombrado o nombrada’ da cuenta de ‘cómo soy parte’ de la realidad que integro, y cuál es mi identidad en esta. Dar espacio a todos y todas en nuestro discurso es dar espacio a la inclusión social y a las estructuras que nos conforman y conforman nuestra realidad, que es siempre compartida.
Urrejola Corales, K. (2021). El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso. Estudios Públicos 163, 167-172. https://doi.org/10.38178/07183089/0214210705
Según Maturana, ¿qué permite la reflexión sobre el lenguaje?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento de un artículo especializado publicado en la revista Estudios Públicos el año 2021.
El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso
Karen Urrejola Corales Pontificia Universidad Católica de Chile.
Para Maturana (1995a), el lenguaje es el mecanismo fundamental de interacción social. Así, es la conducta primaria de las personas en las sociedades que ellas conforman: “Nuestra individualidad como seres humanos es social y al ser humanamente social es lingüísticamente lingüística, es decir, está inmersa en nuestro ser, en el lenguaje” (Maturana, 1995a, p. 78). De este modo, el lenguaje sería este fluir recursivo de coordinaciones conductuales consensuales que se da en sociedad (Maturana, 1995a). Así, existimos en un mundo social que es definido a través del lenguaje, pues es en este donde nos realizamos como seres vivos y donde subyace nuestra organización y representación social (Maturana y Varela, 1984).
A partir de lo anterior, el autor concluye que el ser humano es el que otorga los significados a las palabras, entendidas como nodos de coordinaciones conductuales consensuales, siempre como observador inmerso en este lenguaje. Dicho de otra manera, asignamos significados a los gestos, conductas o sonidos desde la relación de coordinación conductual consensual donde vemos que estos participan, es decir, desde la interacción misma que los envuelve y que percibimos (Maturana, 1995b). De este modo, las palabras tendrían significado en este fluir de coordinaciones dadas por la propia experiencia del observador, a través de su participación en la sociedad.
Desde esta mirada, Maturana (1995b) postula el lenguajear como un neologismo9 para hacer referencia al acto de estar en el lenguaje mismo, sin referirse específicamente al habla, sino al concepto de estar en este sistema. En otras palabras, se refiere al operar en este lenguaje, pues somos en el lenguaje. A partir de lo anterior, Maturana (1995b, p. 85) indica:
lo que un observador ve como el contenido de un lenguajear particular, está en el curso que siguen las coordinaciones conductuales consensuales que tal lenguaje involucra, en relación con el momento en la historia de interacciones en que ellas tienen lugar.
Así, el rol del observador es fundamental y, al mismo tiempo, se ve influido por este, ya que el acto mismo de participar en el lenguaje gatilla cambios estructurales en las dinámicas sociales (en su amplio concepto) del que el observador es parte (Maturana, 1995b).
El lenguaje, entonces, configura nuestra realidad: “es dentro del lenguaje mismo que el acto de conocer, en la coordinación conductual que el lenguaje es, trae un mundo a la mano […] en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los otros seres humanos” (Maturana y Varela, 1984, p. 155). Así, Maturana (1995c) postula la existencia de una objetividad sin paréntesis y una objetividad entre paréntesis. La primera da cuenta de un universo y realidad independientes de nuestro lenguaje, mientras que la segunda admite varias realidades, y es en este lenguajear y conversar donde se genera esta realidad (Maturana, 1995c). Es en esta segunda objetividad donde el acto de conversar y reflexionar se vuelve fundamental, y es a la que adscribe el autor. De esta manera, es la reflexión en torno a nuestro lenguaje lo que nos permite tanto contemplar nuestro mundo e identidad como acceder al mundo e identidad del otro (Maturana, 1995a, 1995b).
Si entendemos, entonces, que el lenguaje se da en este fluir de interacciones recursivas de coordinaciones conductuales consensuales, y que es en este que creamos realidad, en conjunto con otros, la reflexión en torno a aquel es fundamental (Maturana, 1995a, 1995b). La contraparte, en cambio, nos llevaría por un camino distinto. El lenguaje, sin la reflexión en torno a este ni en la disposición a conversar con el otro, es lo que también nos puede distanciar y llevar a la exclusión del otro: “Pero el lenguaje es también la caída del ser humano, al permitir las omisiones frente al ser biológico que traen consigo las ideologías, […] nuestras ideologías justificativas nos limitan frente a nosotros mismos y los demás” (Maturana, 1995a, p. 81). El apego exacerbado a nuestras ideologías nos lleva a negar al otro y nos cerramos al acto de conversar y reflexionar sobre el mundo que compartimos con el resto. En otras palabras, al negar al otro, invisibilizamos otras cosmovisiones y representaciones de la realidad.
La invisibilización del otro en el discurso no es nueva y se da en diferentes áreas como la escuela, la prensa, las redes sociales, las leyes e incluso la conversación cotidiana. La invisibilización en el discurso social de grupos y de los actos discriminatorios que han sufrido (como es el caso de disidencias sexuales, de las mujeres y su historia, de inmigrantes, indígenas y sectores vulnerables), así como de la manera en que se representan en los discursos, muchas veces desde una mirada negativa, es parte de una violencia estructural (Van Dijk, 1997, 2001; Butler, 2002; Sorribas y Cabral, 2010; Valverde, 2013; Cornejo, 2017; Varela, 2019; entre muchos otros).
Así, el dar nombre a actos de discriminación y violencia de forma específica es visibilizarlos socialmente. Por ejemplo, el hecho de dar un nombre a la agresión psicológica o física en las escuelas como bullying (Olweus, 1978), es dar un lugar a estos actos en nuestro discurso, y es lo que incide en que comencemos a conversar del tema. De este modo, conceptos como racismo, machismo, homofobia son palabras que en su uso visibilizan estos actos (y a quienes son víctimas de estos) y abren la oportunidad de conversar/reflexionar en torno a ellas y sus respectivos contenidos.
De este modo, para Maturana (1989) el acto de conversar es fundamental, ya que todo quehacer humano se da en este acto y es en este donde se da la posibilidad de aceptar la realidad del otro. Desde esta mirada, Maturana y Varela (1984, p.163) indican lo siguiente: “Lo que cabrá, entonces, será la búsqueda de una perspectiva más abarcadora, de un dominio experiencial donde el otro también tenga lugar y en el cual podamos construir un mundo con él”. La presencia del otro y su realidad en nuestro discurso, es necesaria para poder convivir en respeto y armonía, sin negarlo y sin negarla frente a ideologías creadas a priori10.
Es a partir de lo anterior que se dan los esfuerzos actuales por incluir a todos y todas en nuestro discurso, sin imponer ideologías o ‘conceptos’ desde una sola mirada. Así, no son menores las discusiones sobre cómo nombrar a personas en situación de discapacidad (García et al., 2013), distintas realidades e identidades sexuales (Ramírez y García, 2018), o culturales, en su amplio espectro y diversidad. El ‘cómo quiero ser nombrado o nombrada’ da cuenta de ‘cómo soy parte’ de la realidad que integro, y cuál es mi identidad en esta. Dar espacio a todos y todas en nuestro discurso es dar espacio a la inclusión social y a las estructuras que nos conforman y conforman nuestra realidad, que es siempre compartida.
Urrejola Corales, K. (2021). El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso. Estudios Públicos 163, 167-172. https://doi.org/10.38178/07183089/0214210705
Según Maturana, ¿cuál es la causa de la invisibilización del otro?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento de un artículo especializado publicado en la revista Estudios Públicos el año 2021.
El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso
Karen Urrejola Corales Pontificia Universidad Católica de Chile.
Para Maturana (1995a), el lenguaje es el mecanismo fundamental de interacción social. Así, es la conducta primaria de las personas en las sociedades que ellas conforman: “Nuestra individualidad como seres humanos es social y al ser humanamente social es lingüísticamente lingüística, es decir, está inmersa en nuestro ser, en el lenguaje” (Maturana, 1995a, p. 78). De este modo, el lenguaje sería este fluir recursivo de coordinaciones conductuales consensuales que se da en sociedad (Maturana, 1995a). Así, existimos en un mundo social que es definido a través del lenguaje, pues es en este donde nos realizamos como seres vivos y donde subyace nuestra organización y representación social (Maturana y Varela, 1984).
A partir de lo anterior, el autor concluye que el ser humano es el que otorga los significados a las palabras, entendidas como nodos de coordinaciones conductuales consensuales, siempre como observador inmerso en este lenguaje. Dicho de otra manera, asignamos significados a los gestos, conductas o sonidos desde la relación de coordinación conductual consensual donde vemos que estos participan, es decir, desde la interacción misma que los envuelve y que percibimos (Maturana, 1995b). De este modo, las palabras tendrían significado en este fluir de coordinaciones dadas por la propia experiencia del observador, a través de su participación en la sociedad.
Desde esta mirada, Maturana (1995b) postula el lenguajear como un neologismo9 para hacer referencia al acto de estar en el lenguaje mismo, sin referirse específicamente al habla, sino al concepto de estar en este sistema. En otras palabras, se refiere al operar en este lenguaje, pues somos en el lenguaje. A partir de lo anterior, Maturana (1995b, p. 85) indica:
lo que un observador ve como el contenido de un lenguajear particular, está en el curso que siguen las coordinaciones conductuales consensuales que tal lenguaje involucra, en relación con el momento en la historia de interacciones en que ellas tienen lugar.
Así, el rol del observador es fundamental y, al mismo tiempo, se ve influido por este, ya que el acto mismo de participar en el lenguaje gatilla cambios estructurales en las dinámicas sociales (en su amplio concepto) del que el observador es parte (Maturana, 1995b).
El lenguaje, entonces, configura nuestra realidad: “es dentro del lenguaje mismo que el acto de conocer, en la coordinación conductual que el lenguaje es, trae un mundo a la mano […] en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los otros seres humanos” (Maturana y Varela, 1984, p. 155). Así, Maturana (1995c) postula la existencia de una objetividad sin paréntesis y una objetividad entre paréntesis. La primera da cuenta de un universo y realidad independientes de nuestro lenguaje, mientras que la segunda admite varias realidades, y es en este lenguajear y conversar donde se genera esta realidad (Maturana, 1995c). Es en esta segunda objetividad donde el acto de conversar y reflexionar se vuelve fundamental, y es a la que adscribe el autor. De esta manera, es la reflexión en torno a nuestro lenguaje lo que nos permite tanto contemplar nuestro mundo e identidad como acceder al mundo e identidad del otro (Maturana, 1995a, 1995b).
Si entendemos, entonces, que el lenguaje se da en este fluir de interacciones recursivas de coordinaciones conductuales consensuales, y que es en este que creamos realidad, en conjunto con otros, la reflexión en torno a aquel es fundamental (Maturana, 1995a, 1995b). La contraparte, en cambio, nos llevaría por un camino distinto. El lenguaje, sin la reflexión en torno a este ni en la disposición a conversar con el otro, es lo que también nos puede distanciar y llevar a la exclusión del otro: “Pero el lenguaje es también la caída del ser humano, al permitir las omisiones frente al ser biológico que traen consigo las ideologías, […] nuestras ideologías justificativas nos limitan frente a nosotros mismos y los demás” (Maturana, 1995a, p. 81). El apego exacerbado a nuestras ideologías nos lleva a negar al otro y nos cerramos al acto de conversar y reflexionar sobre el mundo que compartimos con el resto. En otras palabras, al negar al otro, invisibilizamos otras cosmovisiones y representaciones de la realidad.
La invisibilización del otro en el discurso no es nueva y se da en diferentes áreas como la escuela, la prensa, las redes sociales, las leyes e incluso la conversación cotidiana. La invisibilización en el discurso social de grupos y de los actos discriminatorios que han sufrido (como es el caso de disidencias sexuales, de las mujeres y su historia, de inmigrantes, indígenas y sectores vulnerables), así como de la manera en que se representan en los discursos, muchas veces desde una mirada negativa, es parte de una violencia estructural (Van Dijk, 1997, 2001; Butler, 2002; Sorribas y Cabral, 2010; Valverde, 2013; Cornejo, 2017; Varela, 2019; entre muchos otros).
Así, el dar nombre a actos de discriminación y violencia de forma específica es visibilizarlos socialmente. Por ejemplo, el hecho de dar un nombre a la agresión psicológica o física en las escuelas como bullying (Olweus, 1978), es dar un lugar a estos actos en nuestro discurso, y es lo que incide en que comencemos a conversar del tema. De este modo, conceptos como racismo, machismo, homofobia son palabras que en su uso visibilizan estos actos (y a quienes son víctimas de estos) y abren la oportunidad de conversar/reflexionar en torno a ellas y sus respectivos contenidos.
De este modo, para Maturana (1989) el acto de conversar es fundamental, ya que todo quehacer humano se da en este acto y es en este donde se da la posibilidad de aceptar la realidad del otro. Desde esta mirada, Maturana y Varela (1984, p.163) indican lo siguiente: “Lo que cabrá, entonces, será la búsqueda de una perspectiva más abarcadora, de un dominio experiencial donde el otro también tenga lugar y en el cual podamos construir un mundo con él”. La presencia del otro y su realidad en nuestro discurso, es necesaria para poder convivir en respeto y armonía, sin negarlo y sin negarla frente a ideologías creadas a priori10.
Es a partir de lo anterior que se dan los esfuerzos actuales por incluir a todos y todas en nuestro discurso, sin imponer ideologías o ‘conceptos’ desde una sola mirada. Así, no son menores las discusiones sobre cómo nombrar a personas en situación de discapacidad (García et al., 2013), distintas realidades e identidades sexuales (Ramírez y García, 2018), o culturales, en su amplio espectro y diversidad. El ‘cómo quiero ser nombrado o nombrada’ da cuenta de ‘cómo soy parte’ de la realidad que integro, y cuál es mi identidad en esta. Dar espacio a todos y todas en nuestro discurso es dar espacio a la inclusión social y a las estructuras que nos conforman y conforman nuestra realidad, que es siempre compartida.
Urrejola Corales, K. (2021). El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso. Estudios Públicos 163, 167-172. https://doi.org/10.38178/07183089/0214210705
A partir de la lectura, ¿qué representan conceptos como bullying, racismo, machismo y homofobia?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento de un artículo especializado publicado en la revista Estudios Públicos el año 2021.
El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso
Karen Urrejola Corales Pontificia Universidad Católica de Chile.
Para Maturana (1995a), el lenguaje es el mecanismo fundamental de interacción social. Así, es la conducta primaria de las personas en las sociedades que ellas conforman: “Nuestra individualidad como seres humanos es social y al ser humanamente social es lingüísticamente lingüística, es decir, está inmersa en nuestro ser, en el lenguaje” (Maturana, 1995a, p. 78). De este modo, el lenguaje sería este fluir recursivo de coordinaciones conductuales consensuales que se da en sociedad (Maturana, 1995a). Así, existimos en un mundo social que es definido a través del lenguaje, pues es en este donde nos realizamos como seres vivos y donde subyace nuestra organización y representación social (Maturana y Varela, 1984).
A partir de lo anterior, el autor concluye que el ser humano es el que otorga los significados a las palabras, entendidas como nodos de coordinaciones conductuales consensuales, siempre como observador inmerso en este lenguaje. Dicho de otra manera, asignamos significados a los gestos, conductas o sonidos desde la relación de coordinación conductual consensual donde vemos que estos participan, es decir, desde la interacción misma que los envuelve y que percibimos (Maturana, 1995b). De este modo, las palabras tendrían significado en este fluir de coordinaciones dadas por la propia experiencia del observador, a través de su participación en la sociedad.
Desde esta mirada, Maturana (1995b) postula el lenguajear como un neologismo9 para hacer referencia al acto de estar en el lenguaje mismo, sin referirse específicamente al habla, sino al concepto de estar en este sistema. En otras palabras, se refiere al operar en este lenguaje, pues somos en el lenguaje. A partir de lo anterior, Maturana (1995b, p. 85) indica:
lo que un observador ve como el contenido de un lenguajear particular, está en el curso que siguen las coordinaciones conductuales consensuales que tal lenguaje involucra, en relación con el momento en la historia de interacciones en que ellas tienen lugar.
Así, el rol del observador es fundamental y, al mismo tiempo, se ve influido por este, ya que el acto mismo de participar en el lenguaje gatilla cambios estructurales en las dinámicas sociales (en su amplio concepto) del que el observador es parte (Maturana, 1995b).
El lenguaje, entonces, configura nuestra realidad: “es dentro del lenguaje mismo que el acto de conocer, en la coordinación conductual que el lenguaje es, trae un mundo a la mano […] en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los otros seres humanos” (Maturana y Varela, 1984, p. 155). Así, Maturana (1995c) postula la existencia de una objetividad sin paréntesis y una objetividad entre paréntesis. La primera da cuenta de un universo y realidad independientes de nuestro lenguaje, mientras que la segunda admite varias realidades, y es en este lenguajear y conversar donde se genera esta realidad (Maturana, 1995c). Es en esta segunda objetividad donde el acto de conversar y reflexionar se vuelve fundamental, y es a la que adscribe el autor. De esta manera, es la reflexión en torno a nuestro lenguaje lo que nos permite tanto contemplar nuestro mundo e identidad como acceder al mundo e identidad del otro (Maturana, 1995a, 1995b).
Si entendemos, entonces, que el lenguaje se da en este fluir de interacciones recursivas de coordinaciones conductuales consensuales, y que es en este que creamos realidad, en conjunto con otros, la reflexión en torno a aquel es fundamental (Maturana, 1995a, 1995b). La contraparte, en cambio, nos llevaría por un camino distinto. El lenguaje, sin la reflexión en torno a este ni en la disposición a conversar con el otro, es lo que también nos puede distanciar y llevar a la exclusión del otro: “Pero el lenguaje es también la caída del ser humano, al permitir las omisiones frente al ser biológico que traen consigo las ideologías, […] nuestras ideologías justificativas nos limitan frente a nosotros mismos y los demás” (Maturana, 1995a, p. 81). El apego exacerbado a nuestras ideologías nos lleva a negar al otro y nos cerramos al acto de conversar y reflexionar sobre el mundo que compartimos con el resto. En otras palabras, al negar al otro, invisibilizamos otras cosmovisiones y representaciones de la realidad.
La invisibilización del otro en el discurso no es nueva y se da en diferentes áreas como la escuela, la prensa, las redes sociales, las leyes e incluso la conversación cotidiana. La invisibilización en el discurso social de grupos y de los actos discriminatorios que han sufrido (como es el caso de disidencias sexuales, de las mujeres y su historia, de inmigrantes, indígenas y sectores vulnerables), así como de la manera en que se representan en los discursos, muchas veces desde una mirada negativa, es parte de una violencia estructural (Van Dijk, 1997, 2001; Butler, 2002; Sorribas y Cabral, 2010; Valverde, 2013; Cornejo, 2017; Varela, 2019; entre muchos otros).
Así, el dar nombre a actos de discriminación y violencia de forma específica es visibilizarlos socialmente. Por ejemplo, el hecho de dar un nombre a la agresión psicológica o física en las escuelas como bullying (Olweus, 1978), es dar un lugar a estos actos en nuestro discurso, y es lo que incide en que comencemos a conversar del tema. De este modo, conceptos como racismo, machismo, homofobia son palabras que en su uso visibilizan estos actos (y a quienes son víctimas de estos) y abren la oportunidad de conversar/reflexionar en torno a ellas y sus respectivos contenidos.
De este modo, para Maturana (1989) el acto de conversar es fundamental, ya que todo quehacer humano se da en este acto y es en este donde se da la posibilidad de aceptar la realidad del otro. Desde esta mirada, Maturana y Varela (1984, p.163) indican lo siguiente: “Lo que cabrá, entonces, será la búsqueda de una perspectiva más abarcadora, de un dominio experiencial donde el otro también tenga lugar y en el cual podamos construir un mundo con él”. La presencia del otro y su realidad en nuestro discurso, es necesaria para poder convivir en respeto y armonía, sin negarlo y sin negarla frente a ideologías creadas a priori10.
Es a partir de lo anterior que se dan los esfuerzos actuales por incluir a todos y todas en nuestro discurso, sin imponer ideologías o ‘conceptos’ desde una sola mirada. Así, no son menores las discusiones sobre cómo nombrar a personas en situación de discapacidad (García et al., 2013), distintas realidades e identidades sexuales (Ramírez y García, 2018), o culturales, en su amplio espectro y diversidad. El ‘cómo quiero ser nombrado o nombrada’ da cuenta de ‘cómo soy parte’ de la realidad que integro, y cuál es mi identidad en esta. Dar espacio a todos y todas en nuestro discurso es dar espacio a la inclusión social y a las estructuras que nos conforman y conforman nuestra realidad, que es siempre compartida.
Urrejola Corales, K. (2021). El rol del lenguaje en Humberto Maturana: la importancia de la inclusión en el discurso. Estudios Públicos 163, 167-172. https://doi.org/10.38178/07183089/0214210705
¿Por qué para Maturana la conversación es fundamental?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.