Modo Práctica
Fragmento de la columna de opinión escrita por Andrés Anwandter, publicada en la Revista Santiago el año 2019.

Hace poco me encontré en Twitter con un debate sobre el subrayado de libros. La verdad, “debate” es una exageración, porque todo el mundo básicamente coincidía en lo mismo: que los libros eran para subrayarlos o, en un gesto relacionado, para escribir sobre ellos. Con lápiz grafito o con tinta indeleble, con destacador fluorescente, con distintos colores según elaborados criterios personales, garrapateando11 además, en los márgenes, notas de lectura, etc. Leer un libro conllevaba, para todos, rayarlo de una u otra forma, evidenciando así una lectura atenta, analítica o inquisidora. Estaban, así, totalmente de acuerdo con las palabras del crítico George Steiner: “El intelectual es simplemente un ser humano que tiene un lápiz en la mano cuando lee un libro”. No hice ninguna contribución a este curioso consenso, no solo porque en general carezco de la gracia que admiro en otras personas para meter baza12 en las redes sociales, sino porque en este punto disiento absolutamente: yo no subrayo los libros. De hecho, tengo un vago horror sagrado a subrayarlos, y me carga leer libros subrayados por otros. […]
Para mí, la falta de valor de estas anotaciones radica en su frecuente impertinencia. Siempre me exasperaron los rayados y subrayados en los libros de las bibliotecas universitarias: nunca pude ver en ellos las huellas de alguna lectura interesante. […]
Por cierto, habiendo sido estudiante universitario, yo sé lo que es, a falta de otro nombre mejor, “leer por estudio”. En mis tiempos de pregrado rayé y anoté –a veces también hice dibujitos– sobre millares de fotocopias de capítulos de libros preparando alguna prueba o armando un informe. En mis tiempos de posgrado copiaba en el computador las citas que me interesaban de los libros que iba leyendo, o las recortaba de algún artículo en pdf, y utilizaba después en mis ensayos. Leer por estudio es leer lápiz en mano, aunque el lápiz sea virtual. Leer por estudio es leer para escribir, para obtener algo tangible como producto de la lectura, y esto pasa casi siempre por descuartizar el texto al leerlo. No necesariamente el objeto libro, aunque mucha gente que conozco no tiene empacho en dejar bastante maltrechos los ejemplares así leídos. Por mi parte, yo jamás he podido tomar un libro impreso con una mano y el lápiz como un bisturí con la otra, y lanzarme a leer en busca de algo que marcar, algo que extraer, o algo que “aportar” al cuerpo del texto. Si fueran estos los objetivos de la lectura, si la idea es estudiar lo leído, el libro mismo no me ha parecido nunca un buen soporte material para registrar los resultados del proceso.
Ahora bien, la gran mayoría de mis lecturas no son por estudio. Y creo que es esto lo que explica mi reticencia a rayar libros, mi aversión por los libros rayados: la gran mayoría de mis lecturas corresponde a libros de poemas. Leo sobre todo poesía por gusto personal y –aunque escribir poemas no sea precisamente una profesión– por una suerte de deformación profesional, ya que es el género literario en el cual trabajo. He publicado ocho libros de poesía y numerosos poemas en revistas y antologías, ninguno de los cuales evidentemente pide ser subrayado o anotado, como tampoco me parece que lo hacen los versos que suelo leer. Y es que la poesía en general no se lee “lápiz en mano”: se recita –ojalá en voz alta– y se deja resonar en el oído interior. […]
Una segunda razón, relacionada con la anterior, es que un poema se consuma cuando toma la forma de un evento verbal, un acontecimiento en el tiempo. Leer un poema es, de este modo, experimentar la repetición de dicho evento en toda su duración. Desafortunadamente, no es esta la manera en que hemos aprendido a acercarnos a la poesía. En mis observaciones en escuelas chilenas, he visto numerosas veces cómo, en vez de un evento, el poema es abordado como un objeto a ser diseccionado en sus partes o elementos. Se insta a que los estudiantes reconozcan y subrayen figuras literarias, identifiquen el “hablante lírico”, la “actitud lírica” y el “objeto lírico” (como si toda poesía fuera necesariamente lírica), cuenten las sílabas de cada verso, etc. Esta es la manera en que nuestra educación suele incorporar un contenido determinado a sus programas de estudio: transformándolo en “materia”, es decir, en un objeto de conocimiento que puede ser visto en una clase y por el cual se puede después preguntar en una prueba. Simplemente, leer un poema en voz alta no sería entendido como “pasar materia”. Aprenderse un poema de memoria para luego recitarlo sería descartado como una forma del llamado “aprendizaje memorístico”, se supone pasado de moda. Nuestro sistema educacional asume que la única forma seria de abordar un texto, poético o no, es leyéndolo por estudio. Pero es difícil hallarle sentido al conocimiento obtenido de esta manera –el poema como objeto de estudio– si es que este no se puede asociar a la experiencia del poema en cuanto evento. Por eso no es raro que la escuela termine alejando a la gente de la poesía.
Una tercera y última razón contra el rayado de libros de poemas tiene que ver con el tipo de proceso intelectual que ofrece la poesía. Es sabido que un poema no tiene que ver solamente con la expresión de emociones (como se enseña también en nuestros establecimientos educativos), sino que transmite un tipo de pensamiento poético, caracterizado por la síntesis. Ezra Pound decía que la poesía era palabra “cargada de sentido al máximo posible” y llamaba la atención sobre el hecho de que el término en alemán para poesía (“Dichtung”) signifique “condensar”. Si poetizar es sintetizar, si la gracia de la poesía radica en su capacidad de condensar el pensamiento en imagen y sonido, no puede ser adecuada la lectura analítica de un poema: esa lectura lápiz en mano que deshace el trabajo poético, disipa la concentración de sentido, y sustituye la experiencia del poema por la ilusión de entendimiento o la obtención de conocimiento. Por más que esta forma de leer nos permita eventualmente escribir artículos, o libros, y quizás ganarnos la vida en la academia a costa de la poesía.
No niego que los poetas también lean a veces poemas por estudio. Por ejemplo, subrayando versos que usarán como epígrafes, o traducirán, o parafrasearán, o plagiarán en sus propios poemas. Asimismo, un artista puede rayar un libro de pintura, encerrando en un círculo rojo detalles de cuadros (como he visto hacer, con consternación, a otro amigo) o incluso recortando sus imágenes para trabajar con ellas. Pero nadie negaría que esta no es la manera más apropiada de mirar una obra visual. Tampoco es apropiado tomar un poema como si fuera un objeto y abrirlo para ver cómo funciona por dentro o qué se puede decir sobre el mismo. Para mí, la mejor manera de apreciar un texto poético será siempre escucharse leerlo de punta a cabo, sumergir el oído en el flujo verbal que propone, sin desesperar por saber de qué trata, por qué lo hace, o qué se puede sacar en claro de él. Y para esto hay que dejar el lápiz de lado.
Anwandter, A. (2019). Contra la lectura “lápiz en mano”. Revista Santiago, Universidad Diego Portales. https://revistasantiago.cl/pensamiento/contra-la-lectura-lapiz-en-mano/
En el penúltimo párrafo de la lectura, ¿con qué proceso intelectual el emisor relaciona la poesía?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento de la columna de opinión escrita por Andrés Anwandter, publicada en la Revista Santiago el año 2019.

Hace poco me encontré en Twitter con un debate sobre el subrayado de libros. La verdad, “debate” es una exageración, porque todo el mundo básicamente coincidía en lo mismo: que los libros eran para subrayarlos o, en un gesto relacionado, para escribir sobre ellos. Con lápiz grafito o con tinta indeleble, con destacador fluorescente, con distintos colores según elaborados criterios personales, garrapateando11 además, en los márgenes, notas de lectura, etc. Leer un libro conllevaba, para todos, rayarlo de una u otra forma, evidenciando así una lectura atenta, analítica o inquisidora. Estaban, así, totalmente de acuerdo con las palabras del crítico George Steiner: “El intelectual es simplemente un ser humano que tiene un lápiz en la mano cuando lee un libro”. No hice ninguna contribución a este curioso consenso, no solo porque en general carezco de la gracia que admiro en otras personas para meter baza12 en las redes sociales, sino porque en este punto disiento absolutamente: yo no subrayo los libros. De hecho, tengo un vago horror sagrado a subrayarlos, y me carga leer libros subrayados por otros. […]
Para mí, la falta de valor de estas anotaciones radica en su frecuente impertinencia. Siempre me exasperaron los rayados y subrayados en los libros de las bibliotecas universitarias: nunca pude ver en ellos las huellas de alguna lectura interesante. […]
Por cierto, habiendo sido estudiante universitario, yo sé lo que es, a falta de otro nombre mejor, “leer por estudio”. En mis tiempos de pregrado rayé y anoté –a veces también hice dibujitos– sobre millares de fotocopias de capítulos de libros preparando alguna prueba o armando un informe. En mis tiempos de posgrado copiaba en el computador las citas que me interesaban de los libros que iba leyendo, o las recortaba de algún artículo en pdf, y utilizaba después en mis ensayos. Leer por estudio es leer lápiz en mano, aunque el lápiz sea virtual. Leer por estudio es leer para escribir, para obtener algo tangible como producto de la lectura, y esto pasa casi siempre por descuartizar el texto al leerlo. No necesariamente el objeto libro, aunque mucha gente que conozco no tiene empacho en dejar bastante maltrechos los ejemplares así leídos. Por mi parte, yo jamás he podido tomar un libro impreso con una mano y el lápiz como un bisturí con la otra, y lanzarme a leer en busca de algo que marcar, algo que extraer, o algo que “aportar” al cuerpo del texto. Si fueran estos los objetivos de la lectura, si la idea es estudiar lo leído, el libro mismo no me ha parecido nunca un buen soporte material para registrar los resultados del proceso.
Ahora bien, la gran mayoría de mis lecturas no son por estudio. Y creo que es esto lo que explica mi reticencia a rayar libros, mi aversión por los libros rayados: la gran mayoría de mis lecturas corresponde a libros de poemas. Leo sobre todo poesía por gusto personal y –aunque escribir poemas no sea precisamente una profesión– por una suerte de deformación profesional, ya que es el género literario en el cual trabajo. He publicado ocho libros de poesía y numerosos poemas en revistas y antologías, ninguno de los cuales evidentemente pide ser subrayado o anotado, como tampoco me parece que lo hacen los versos que suelo leer. Y es que la poesía en general no se lee “lápiz en mano”: se recita –ojalá en voz alta– y se deja resonar en el oído interior. […]
Una segunda razón, relacionada con la anterior, es que un poema se consuma cuando toma la forma de un evento verbal, un acontecimiento en el tiempo. Leer un poema es, de este modo, experimentar la repetición de dicho evento en toda su duración. Desafortunadamente, no es esta la manera en que hemos aprendido a acercarnos a la poesía. En mis observaciones en escuelas chilenas, he visto numerosas veces cómo, en vez de un evento, el poema es abordado como un objeto a ser diseccionado en sus partes o elementos. Se insta a que los estudiantes reconozcan y subrayen figuras literarias, identifiquen el “hablante lírico”, la “actitud lírica” y el “objeto lírico” (como si toda poesía fuera necesariamente lírica), cuenten las sílabas de cada verso, etc. Esta es la manera en que nuestra educación suele incorporar un contenido determinado a sus programas de estudio: transformándolo en “materia”, es decir, en un objeto de conocimiento que puede ser visto en una clase y por el cual se puede después preguntar en una prueba. Simplemente, leer un poema en voz alta no sería entendido como “pasar materia”. Aprenderse un poema de memoria para luego recitarlo sería descartado como una forma del llamado “aprendizaje memorístico”, se supone pasado de moda. Nuestro sistema educacional asume que la única forma seria de abordar un texto, poético o no, es leyéndolo por estudio. Pero es difícil hallarle sentido al conocimiento obtenido de esta manera –el poema como objeto de estudio– si es que este no se puede asociar a la experiencia del poema en cuanto evento. Por eso no es raro que la escuela termine alejando a la gente de la poesía.
Una tercera y última razón contra el rayado de libros de poemas tiene que ver con el tipo de proceso intelectual que ofrece la poesía. Es sabido que un poema no tiene que ver solamente con la expresión de emociones (como se enseña también en nuestros establecimientos educativos), sino que transmite un tipo de pensamiento poético, caracterizado por la síntesis. Ezra Pound decía que la poesía era palabra “cargada de sentido al máximo posible” y llamaba la atención sobre el hecho de que el término en alemán para poesía (“Dichtung”) signifique “condensar”. Si poetizar es sintetizar, si la gracia de la poesía radica en su capacidad de condensar el pensamiento en imagen y sonido, no puede ser adecuada la lectura analítica de un poema: esa lectura lápiz en mano que deshace el trabajo poético, disipa la concentración de sentido, y sustituye la experiencia del poema por la ilusión de entendimiento o la obtención de conocimiento. Por más que esta forma de leer nos permita eventualmente escribir artículos, o libros, y quizás ganarnos la vida en la academia a costa de la poesía.
No niego que los poetas también lean a veces poemas por estudio. Por ejemplo, subrayando versos que usarán como epígrafes, o traducirán, o parafrasearán, o plagiarán en sus propios poemas. Asimismo, un artista puede rayar un libro de pintura, encerrando en un círculo rojo detalles de cuadros (como he visto hacer, con consternación, a otro amigo) o incluso recortando sus imágenes para trabajar con ellas. Pero nadie negaría que esta no es la manera más apropiada de mirar una obra visual. Tampoco es apropiado tomar un poema como si fuera un objeto y abrirlo para ver cómo funciona por dentro o qué se puede decir sobre el mismo. Para mí, la mejor manera de apreciar un texto poético será siempre escucharse leerlo de punta a cabo, sumergir el oído en el flujo verbal que propone, sin desesperar por saber de qué trata, por qué lo hace, o qué se puede sacar en claro de él. Y para esto hay que dejar el lápiz de lado.
Anwandter, A. (2019). Contra la lectura “lápiz en mano”. Revista Santiago, Universidad Diego Portales. https://revistasantiago.cl/pensamiento/contra-la-lectura-lapiz-en-mano/
En el último párrafo de la lectura, ¿para qué el emisor utiliza el ejemplo de su amigo artista?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento de la columna de opinión escrita por Andrés Anwandter, publicada en la Revista Santiago el año 2019.

Hace poco me encontré en Twitter con un debate sobre el subrayado de libros. La verdad, “debate” es una exageración, porque todo el mundo básicamente coincidía en lo mismo: que los libros eran para subrayarlos o, en un gesto relacionado, para escribir sobre ellos. Con lápiz grafito o con tinta indeleble, con destacador fluorescente, con distintos colores según elaborados criterios personales, garrapateando11 además, en los márgenes, notas de lectura, etc. Leer un libro conllevaba, para todos, rayarlo de una u otra forma, evidenciando así una lectura atenta, analítica o inquisidora. Estaban, así, totalmente de acuerdo con las palabras del crítico George Steiner: “El intelectual es simplemente un ser humano que tiene un lápiz en la mano cuando lee un libro”. No hice ninguna contribución a este curioso consenso, no solo porque en general carezco de la gracia que admiro en otras personas para meter baza12 en las redes sociales, sino porque en este punto disiento absolutamente: yo no subrayo los libros. De hecho, tengo un vago horror sagrado a subrayarlos, y me carga leer libros subrayados por otros. […]
Para mí, la falta de valor de estas anotaciones radica en su frecuente impertinencia. Siempre me exasperaron los rayados y subrayados en los libros de las bibliotecas universitarias: nunca pude ver en ellos las huellas de alguna lectura interesante. […]
Por cierto, habiendo sido estudiante universitario, yo sé lo que es, a falta de otro nombre mejor, “leer por estudio”. En mis tiempos de pregrado rayé y anoté –a veces también hice dibujitos– sobre millares de fotocopias de capítulos de libros preparando alguna prueba o armando un informe. En mis tiempos de posgrado copiaba en el computador las citas que me interesaban de los libros que iba leyendo, o las recortaba de algún artículo en pdf, y utilizaba después en mis ensayos. Leer por estudio es leer lápiz en mano, aunque el lápiz sea virtual. Leer por estudio es leer para escribir, para obtener algo tangible como producto de la lectura, y esto pasa casi siempre por descuartizar el texto al leerlo. No necesariamente el objeto libro, aunque mucha gente que conozco no tiene empacho en dejar bastante maltrechos los ejemplares así leídos. Por mi parte, yo jamás he podido tomar un libro impreso con una mano y el lápiz como un bisturí con la otra, y lanzarme a leer en busca de algo que marcar, algo que extraer, o algo que “aportar” al cuerpo del texto. Si fueran estos los objetivos de la lectura, si la idea es estudiar lo leído, el libro mismo no me ha parecido nunca un buen soporte material para registrar los resultados del proceso.
Ahora bien, la gran mayoría de mis lecturas no son por estudio. Y creo que es esto lo que explica mi reticencia a rayar libros, mi aversión por los libros rayados: la gran mayoría de mis lecturas corresponde a libros de poemas. Leo sobre todo poesía por gusto personal y –aunque escribir poemas no sea precisamente una profesión– por una suerte de deformación profesional, ya que es el género literario en el cual trabajo. He publicado ocho libros de poesía y numerosos poemas en revistas y antologías, ninguno de los cuales evidentemente pide ser subrayado o anotado, como tampoco me parece que lo hacen los versos que suelo leer. Y es que la poesía en general no se lee “lápiz en mano”: se recita –ojalá en voz alta– y se deja resonar en el oído interior. […]
Una segunda razón, relacionada con la anterior, es que un poema se consuma cuando toma la forma de un evento verbal, un acontecimiento en el tiempo. Leer un poema es, de este modo, experimentar la repetición de dicho evento en toda su duración. Desafortunadamente, no es esta la manera en que hemos aprendido a acercarnos a la poesía. En mis observaciones en escuelas chilenas, he visto numerosas veces cómo, en vez de un evento, el poema es abordado como un objeto a ser diseccionado en sus partes o elementos. Se insta a que los estudiantes reconozcan y subrayen figuras literarias, identifiquen el “hablante lírico”, la “actitud lírica” y el “objeto lírico” (como si toda poesía fuera necesariamente lírica), cuenten las sílabas de cada verso, etc. Esta es la manera en que nuestra educación suele incorporar un contenido determinado a sus programas de estudio: transformándolo en “materia”, es decir, en un objeto de conocimiento que puede ser visto en una clase y por el cual se puede después preguntar en una prueba. Simplemente, leer un poema en voz alta no sería entendido como “pasar materia”. Aprenderse un poema de memoria para luego recitarlo sería descartado como una forma del llamado “aprendizaje memorístico”, se supone pasado de moda. Nuestro sistema educacional asume que la única forma seria de abordar un texto, poético o no, es leyéndolo por estudio. Pero es difícil hallarle sentido al conocimiento obtenido de esta manera –el poema como objeto de estudio– si es que este no se puede asociar a la experiencia del poema en cuanto evento. Por eso no es raro que la escuela termine alejando a la gente de la poesía.
Una tercera y última razón contra el rayado de libros de poemas tiene que ver con el tipo de proceso intelectual que ofrece la poesía. Es sabido que un poema no tiene que ver solamente con la expresión de emociones (como se enseña también en nuestros establecimientos educativos), sino que transmite un tipo de pensamiento poético, caracterizado por la síntesis. Ezra Pound decía que la poesía era palabra “cargada de sentido al máximo posible” y llamaba la atención sobre el hecho de que el término en alemán para poesía (“Dichtung”) signifique “condensar”. Si poetizar es sintetizar, si la gracia de la poesía radica en su capacidad de condensar el pensamiento en imagen y sonido, no puede ser adecuada la lectura analítica de un poema: esa lectura lápiz en mano que deshace el trabajo poético, disipa la concentración de sentido, y sustituye la experiencia del poema por la ilusión de entendimiento o la obtención de conocimiento. Por más que esta forma de leer nos permita eventualmente escribir artículos, o libros, y quizás ganarnos la vida en la academia a costa de la poesía.
No niego que los poetas también lean a veces poemas por estudio. Por ejemplo, subrayando versos que usarán como epígrafes, o traducirán, o parafrasearán, o plagiarán en sus propios poemas. Asimismo, un artista puede rayar un libro de pintura, encerrando en un círculo rojo detalles de cuadros (como he visto hacer, con consternación, a otro amigo) o incluso recortando sus imágenes para trabajar con ellas. Pero nadie negaría que esta no es la manera más apropiada de mirar una obra visual. Tampoco es apropiado tomar un poema como si fuera un objeto y abrirlo para ver cómo funciona por dentro o qué se puede decir sobre el mismo. Para mí, la mejor manera de apreciar un texto poético será siempre escucharse leerlo de punta a cabo, sumergir el oído en el flujo verbal que propone, sin desesperar por saber de qué trata, por qué lo hace, o qué se puede sacar en claro de él. Y para esto hay que dejar el lápiz de lado.
Anwandter, A. (2019). Contra la lectura “lápiz en mano”. Revista Santiago, Universidad Diego Portales. https://revistasantiago.cl/pensamiento/contra-la-lectura-lapiz-en-mano/
¿De qué forma el emisor intenta convencer al lector de su punto de vista?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento del ensayo Las personas y las cosas, escrito por Roberto Esposito, publicado el año 2016.
1. Posesión
Desde tiempos inmemoriales nuestra civilización se ha basado en la más nítida división entre personas y cosas. Las personas han sido definidas, sobre todo, por el hecho de no ser cosas, y las cosas por el hecho de no ser personas. Entre las dos parece no haber nada, ni el sonido de las palabras ni el alboroto de los cuerpos. El mundo mismo no parece ser más que la falla natural a través de la cual las personas adquieren o pierden las cosas. El derecho romano, a partir de las Instituciones13 de Gayo, estableció la división entre las acciones, las personas y las cosas como el fundamento de todos los sistemas jurídicos (Inst., I, 8). Si bien esta obra está lejos de representar toda la concepción jurídica romana, su influencia en toda la modernidad ha sido decisiva. Pocas formulaciones han ejercido un efecto de esta magnitud durante tanto tiempo. Toda la experiencia humana está dividida por una línea que no prevé otras posibilidades. Cada entidad de la cual se ocupa el derecho, si no es una acción, se trata de una persona o de una cosa, de acuerdo con una simple y clara distinción: una cosa es una no-persona y una persona es una no-cosa.
La relación entre ellas es de dominación instrumental, en el sentido de que el rol de las cosas es servir o al menos pertenecer a las personas. Dado que una cosa es algo que pertenece a una persona, entonces quienquiera que posea cosas disfruta del estatus de persona y puede ejercer su dominio sobre ellas. Sin duda, hay algunas cosas que no es posible dominar y que, en realidad, de algún modo nos dominan porque son más poderosas que nosotros, como las fuerzas de la naturaleza: la altura de las montañas, las olas del océano y el temblor de la Tierra. Pero, en general, las cosas se consideran “esclavas silenciosas”14 al servicio de las personas. Literalmente, están en el lugar de los siervos. “Si cada instrumento –sostiene Aristóteles, citando un célebre verso de la Ilíada (XVII, 376)– puede cumplir la función que se le ha ordenado, los maestros artesanos no tendrían necesidad de subordinados, ni los amos de esclavos” (PoI., 1, 4, 1253b-1254a). Necesitamos de las cosas. Sin ellas, las personas estarían privadas de todo aquello que necesitan para vivir y, finalmente, de la vida misma. Por esa razón, las cosas que poseemos se definen como “bienes”, cuya totalidad constituye lo que todavía hoy llamamos “patrimonio”, con referencia al pater (padre). Deberíamos reflexionar sobre el hecho de que la idea de “bien” coincide con la de cosa poseída, pues un bien no es alguna entidad positiva ni un modo de ser, sino aquello que se posee. Esto testimonia la absoluta primacía del tener sobre el ser, que desde hace mucho tiempo ha caracterizado a nuestra cultura. Así pues, una cosa no parece ser ante todo lo que es sino, más bien, lo que alguien tiene. Es una posesión que nadie más puede reclamar. Si bien las cosas han sido dadas al ser humano en común, siempre terminan en posesión de un propietario que puede disponer de ellas, usarlas e incluso destruirlas como le plazca. Están en las manos de quien las posee.
Esta última expresión debe ser entendida en su sentido más literal. La mano que aferra y retiene es uno de los rasgos distintivos de la especie humana. “Muchos animales –observa Canetti– aferran con la boca provista de dientes, en lugar de las garras o las zarpas. Entre los hombres, la mano que aferra la presa ha llegado a ser el verdadero símbolo de poder”. Cuando hablamos de nuestra mano como el órgano que humaniza al mundo, creando artefactos o sellando promesas, se suele ignorar un acto mucho más antiguo que es el de la pura apropiación. La cosa es ante todo de quien la toma. Un objeto que está “al alcance de la mano” significa, más que ser fácilmente accesible, estar en el puño de quien lo posee. Para reclamar la pertenencia disputada de una cosa en el Foro Romano, los litigantes ponían físicamente una mano sobre ella ante el magistrado. Cruzar las manos sobre la cosa en disputa, Conserere manum, era un gesto estrechamente relacionado con el acto físico de tomarla. Para completar el ritual de la propiedad, el sujeto que afirmaba ser el propietario la tocaba con una varilla (la festuca) mientras pronunciaba la fórmula solemne “Declaro que esta cosa me pertenece, de acuerdo con el derecho quiritario15”. El criterio de propiedad prevalecía incluso sobre la identidad de la cosa. El elemento que calificaba esencialmente a la cosa no era su contenido sino su ser de alguien y de ningún otro, en una forma irrefutable.
Esta práctica judicial remite a un ritual aún más antiguo, en boga en el Lacio16 primitivo, asociado con la declaración de guerra. Tito Livio refiere que la declaración era precedida por un pedido de restitución de las cosas retenidas de un modo ilegítimo por el otro pueblo. Pedir las cosas, Res repetere, era la última advertencia antes de tomarlas por la fuerza. Si no eran entregadas, después de la invocación a los dioses, llegaba la declaración de guerra (I, 32, 5-14). En definitiva, la guerra misma se hacía siempre por las cosas; para defender las propias o para adquirir mediante la violencia las cosas del otro. Como observa Canetti, finalmente “cualquier otra forma más paciente de crecimiento se rechazaba y despreciaba. Se desarrolló una suerte de religión estatal de la guerra, con el crecimiento más rápido posible como su objetivo”. Durante milenios el principal móvil de la guerra era el saqueo. Por eso ningún comandante tradicional habría osado prohibirlo a sus hombres. Durante un tiempo incalculable, la captura de las cosas, del botín acumulado a los pies del vencedor, ha determinado las relaciones de poder entre los seres humanos. La misma tierra es la primera cosa de la cual se apodera el ejército invasor, ocupándola, conquistándola y confinándola. La victoria militar le sonríe a quien logra apropiarse de un territorio determinado, sobre el cual plantar una bandera diferente de la que antes ondeaba. Desde ese momento, todas las cosas incluidas en ese territorio son propiedad del nuevo amo.
La relación entre guerra y propiedad precedió a la relación jurídicamente definida, especialmente en la antigua Roma, la “patria” del derecho. Durante centurias la guerra fue el único medio de adquirir algo inaccesible para los pueblos sin otros recursos. Este era el modo más común de adquirir propiedad, hasta tal punto que durante mucho tiempo la piratería fue considerada más honorable que el comercio. En su origen, la propiedad siempre alude a una apropiación previa; en su forma primordial, la propiedad no es transmitida ni heredada, es arrebatada.
Esposito, R. (2016). Las personas y las cosas. Katz.
¿Con qué idea presente en la lectura Personas se relaciona la información expuesta en el siguiente fragmento publicado por ChileCultura?
La historia del chileno dueño de la Luna
«Mucho antes de que millones de personas vieran por televisión esta proeza científica (la llegada del hombre a la Luna) –más de una década antes, de hecho–, el abogado Jenaro Gajardo Vera, nacido en Traiguén (1919), acudió a una notaría de Talca para inscribir la Luna como su propiedad. Era 25 de septiembre de 1954, y el hombre se presentó ante el notario César Jiménez Fuenzalida, a quien convenció de que era el dueño del satélite natural, describiendo sus medidas y límites».
ChileCultura. (s.f.). La historia del chileno dueño de la Luna. ChileCultura.
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.
Fragmento del ensayo Las personas y las cosas, escrito por Roberto Esposito, publicado el año 2016.
1. Posesión
Desde tiempos inmemoriales nuestra civilización se ha basado en la más nítida división entre personas y cosas. Las personas han sido definidas, sobre todo, por el hecho de no ser cosas, y las cosas por el hecho de no ser personas. Entre las dos parece no haber nada, ni el sonido de las palabras ni el alboroto de los cuerpos. El mundo mismo no parece ser más que la falla natural a través de la cual las personas adquieren o pierden las cosas. El derecho romano, a partir de las Instituciones13 de Gayo, estableció la división entre las acciones, las personas y las cosas como el fundamento de todos los sistemas jurídicos (Inst., I, 8). Si bien esta obra está lejos de representar toda la concepción jurídica romana, su influencia en toda la modernidad ha sido decisiva. Pocas formulaciones han ejercido un efecto de esta magnitud durante tanto tiempo. Toda la experiencia humana está dividida por una línea que no prevé otras posibilidades. Cada entidad de la cual se ocupa el derecho, si no es una acción, se trata de una persona o de una cosa, de acuerdo con una simple y clara distinción: una cosa es una no-persona y una persona es una no-cosa.
La relación entre ellas es de dominación instrumental, en el sentido de que el rol de las cosas es servir o al menos pertenecer a las personas. Dado que una cosa es algo que pertenece a una persona, entonces quienquiera que posea cosas disfruta del estatus de persona y puede ejercer su dominio sobre ellas. Sin duda, hay algunas cosas que no es posible dominar y que, en realidad, de algún modo nos dominan porque son más poderosas que nosotros, como las fuerzas de la naturaleza: la altura de las montañas, las olas del océano y el temblor de la Tierra. Pero, en general, las cosas se consideran “esclavas silenciosas”14 al servicio de las personas. Literalmente, están en el lugar de los siervos. “Si cada instrumento –sostiene Aristóteles, citando un célebre verso de la Ilíada (XVII, 376)– puede cumplir la función que se le ha ordenado, los maestros artesanos no tendrían necesidad de subordinados, ni los amos de esclavos” (PoI., 1, 4, 1253b-1254a). Necesitamos de las cosas. Sin ellas, las personas estarían privadas de todo aquello que necesitan para vivir y, finalmente, de la vida misma. Por esa razón, las cosas que poseemos se definen como “bienes”, cuya totalidad constituye lo que todavía hoy llamamos “patrimonio”, con referencia al pater (padre). Deberíamos reflexionar sobre el hecho de que la idea de “bien” coincide con la de cosa poseída, pues un bien no es alguna entidad positiva ni un modo de ser, sino aquello que se posee. Esto testimonia la absoluta primacía del tener sobre el ser, que desde hace mucho tiempo ha caracterizado a nuestra cultura. Así pues, una cosa no parece ser ante todo lo que es sino, más bien, lo que alguien tiene. Es una posesión que nadie más puede reclamar. Si bien las cosas han sido dadas al ser humano en común, siempre terminan en posesión de un propietario que puede disponer de ellas, usarlas e incluso destruirlas como le plazca. Están en las manos de quien las posee.
Esta última expresión debe ser entendida en su sentido más literal. La mano que aferra y retiene es uno de los rasgos distintivos de la especie humana. “Muchos animales –observa Canetti– aferran con la boca provista de dientes, en lugar de las garras o las zarpas. Entre los hombres, la mano que aferra la presa ha llegado a ser el verdadero símbolo de poder”. Cuando hablamos de nuestra mano como el órgano que humaniza al mundo, creando artefactos o sellando promesas, se suele ignorar un acto mucho más antiguo que es el de la pura apropiación. La cosa es ante todo de quien la toma. Un objeto que está “al alcance de la mano” significa, más que ser fácilmente accesible, estar en el puño de quien lo posee. Para reclamar la pertenencia disputada de una cosa en el Foro Romano, los litigantes ponían físicamente una mano sobre ella ante el magistrado. Cruzar las manos sobre la cosa en disputa, Conserere manum, era un gesto estrechamente relacionado con el acto físico de tomarla. Para completar el ritual de la propiedad, el sujeto que afirmaba ser el propietario la tocaba con una varilla (la festuca) mientras pronunciaba la fórmula solemne “Declaro que esta cosa me pertenece, de acuerdo con el derecho quiritario15”. El criterio de propiedad prevalecía incluso sobre la identidad de la cosa. El elemento que calificaba esencialmente a la cosa no era su contenido sino su ser de alguien y de ningún otro, en una forma irrefutable.
Esta práctica judicial remite a un ritual aún más antiguo, en boga en el Lacio16 primitivo, asociado con la declaración de guerra. Tito Livio refiere que la declaración era precedida por un pedido de restitución de las cosas retenidas de un modo ilegítimo por el otro pueblo. Pedir las cosas, Res repetere, era la última advertencia antes de tomarlas por la fuerza. Si no eran entregadas, después de la invocación a los dioses, llegaba la declaración de guerra (I, 32, 5-14). En definitiva, la guerra misma se hacía siempre por las cosas; para defender las propias o para adquirir mediante la violencia las cosas del otro. Como observa Canetti, finalmente “cualquier otra forma más paciente de crecimiento se rechazaba y despreciaba. Se desarrolló una suerte de religión estatal de la guerra, con el crecimiento más rápido posible como su objetivo”. Durante milenios el principal móvil de la guerra era el saqueo. Por eso ningún comandante tradicional habría osado prohibirlo a sus hombres. Durante un tiempo incalculable, la captura de las cosas, del botín acumulado a los pies del vencedor, ha determinado las relaciones de poder entre los seres humanos. La misma tierra es la primera cosa de la cual se apodera el ejército invasor, ocupándola, conquistándola y confinándola. La victoria militar le sonríe a quien logra apropiarse de un territorio determinado, sobre el cual plantar una bandera diferente de la que antes ondeaba. Desde ese momento, todas las cosas incluidas en ese territorio son propiedad del nuevo amo.
La relación entre guerra y propiedad precedió a la relación jurídicamente definida, especialmente en la antigua Roma, la “patria” del derecho. Durante centurias la guerra fue el único medio de adquirir algo inaccesible para los pueblos sin otros recursos. Este era el modo más común de adquirir propiedad, hasta tal punto que durante mucho tiempo la piratería fue considerada más honorable que el comercio. En su origen, la propiedad siempre alude a una apropiación previa; en su forma primordial, la propiedad no es transmitida ni heredada, es arrebatada.
Esposito, R. (2016). Las personas y las cosas. Katz.
Con respecto a las cosas y las personas, ¿qué función cumple el segundo párrafo de la lectura?
DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.