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PAES de Invierno 2026 — Competencia Lectora — Forma 101 (Admisión 2027) — Página 4

Prueba oficial DEMRE de Competencia Lectora, PAES de Invierno 2026, Admisión 2027, Forma 101. Incluye siete lecturas completas, 65 preguntas y claves oficiales. Duración: 2 horas 30 minutos. Las preguntas 8, 15, 32, 41 y 47 no se consideran en el puntaje P oficial; aquí se conservan para práctica. La calificación interna no equivale al puntaje PAES. Material reproducido con autorización declarada por el titular del sitio. Fuente y autoría: DEMRE, Universidad de Chile.
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Pregunta 16

Lectura 2: preguntas 8 a 17

Artículo académico escrito por Marcos García Guerrero, publicado en la Revista Científica de la Sociedad Española de Enfermería Neurológica el año 2012.

Medicina y arte. La revolución de la anatomía en el Renacimiento

Durante el Renacimiento, bajo el prisma de la filosofía humanista sustentada en el antropocentrismo y el racionalismo, los estudios científicos progresaron notablemente. El saber médico avanzó a partir de mediados del siglo XV, retomando el conocimiento del cuerpo humano como realidad básica de la medicina. Fue entonces cuando la anatomía recibió el impulso definitivo, dado el interés de los pensadores de la época –entre ellos los artistas– por la perfección física y las formas corporales. Es un momento en el que coinciden una gran cantidad de observadores y científicos que, tanto con su labor individual como colectiva, pudieron romper con la doctrina galénica5 imperante hasta la fecha. Este conocimiento anatómico fue el motor de las ciencias médicas, en general, y de la cirugía y anatomía, en particular.

El saber médico medieval que se impartía en las universidades italianas era heredero de la antigua tradición griega de Hipócrates, Aristóteles y Galeno, y estaba influido a su vez por los textos árabes de Avicena y Averroes. Su certeza diagnóstica y el empleo del método escolástico6 hicieron que la medicina comenzase a ser considerada una ciencia y se incluyó en el currículo de las universidades. A las descripciones clásicas de la medicina galena se agregaron las observaciones acumuladas durante las disecciones que se fueron realizando en las universidades medievales, pero no sería hasta el Renacimiento cuando tomase el impulso definitivo.

Cuando a finales de la Edad Media empezó a flexibilizarse la prohibición de la Iglesia para diseccionar cuerpos humanos, los médicos de la época empezaron a introducirse tímidamente en una práctica que aceleraría la posibilidad de acceso al conocimiento anatómico. Desde 1400 se realizaron disecciones en privado ante grupos selectos de estudiantes, y a finales del siglo XIV y principios del siglo XV, se comenzaron a incluir dentro de planes de estudios de algunas universidades, por lo que la asistencia de los estudiantes se hizo obligatoria. Los cuerpos eran proporcionados por las autoridades del ayuntamiento, generalmente cadáveres de criminales condenados a muerte. Era habitual diseccionar al año un cadáver masculino y otro femenino, generalmente en los meses de enero y febrero, debido a la falta de refrigeración. Durante el proceso, un profesor de medicina leía el libro de texto desde una tarima elevada y exponía el dogma anatómico; el cirujano-barbero (disector) ejecutaba la disección (caesum), mientras un tercero señalaba con una varilla las estructuras referidas, los órganos que se disecan. Cuando las partes disecadas diferían de las antiguas escrituras, se declaraba que el cuerpo era defectuoso y que ya no servía.

Desde finales del siglo XV y principios del XVI, los conocidos como “humanistas médicos” dieron un vuelco a la investigación y la enseñanza de la medicina. Bajo la estela de anatomistas anteriores, como Mondino de Luzzi (1270-1326), personalidades universitarias como Niccolò Leoniceno (1428-1524), Gabriele Zerbi (1445-1505), Alessandro Benedetti (1445-1525) o Jacopo Berengario da Carpi (1466-1530), prestaron un especial interés por el estudio de la anatomía a través de la disección. Aplicaron la filología humanística7 y la crítica ideológica a los textos antiguos. Comenzaron a preocuparse ante la contradicción entre los conceptos aristotélicos y galénicos –la verdad oficial de la Iglesia de entonces– y la realidad a la que se enfrentaban en sus disecciones y que en muchas ocasiones develaba errores cometidos anteriormente. Revisaron los textos clásicos bajo una perspectiva humanista, corrigieron los errores de traducción de Averroes y Avicena de la medicina griega, y abogaron por la libertad metodológica en la investigación, independientemente de lo establecido por Galeno y la lógica aristotélica. Es entonces cuando el humanismo médico y el interés renacentista generarán un importante avance en el estudio de la anatomía humana.

No hay que olvidarse de que, junto al trabajo de los anatomistas italianos –y del resto de europeos–, los mejores artistas de la época, a través del naciente naturalismo del siglo XV, dedicaron mucho tiempo al estudio de la anatomía, incluso por medio de disecciones. Es el caso de Miguel Ángel (1475-1564) o Alberto Durero (1471-1528), quienes, no satisfechos con aprender las leyes de la anatomía a partir del estudio de la escultura antigua o de los modelos de la figura humana, investigaron por su cuenta para comprender mejor el cuerpo humano.

Por encima de todos los artistas de la época sobresaldría Leonardo da Vinci (1452-1519), padre del alto Renacimiento y uno de los anatomistas más originales de todos los tiempos, considerado además el iniciador de la ilustración científica moderna. Su profundo amor por el conocimiento y la investigación fue la clave tanto de su comportamiento artístico, como científico. Llevó a cabo innovaciones en el campo de la pintura que determinaron la evolución del arte italiano, y sus investigaciones científicas anticiparon muchos de los avances de la ciencia moderna.

Su formación en anatomía se inició a los 18 años, durante su época como discípulo de Andrea del Verrocchio (1435-1488), quien defendía el estudio de esta disciplina para aprender a representar los cuerpos humanos con más exactitud. Como artista, rápidamente se hizo maestro en anatomía topográfica, realizando numerosos estudios sobre músculos, tendones y otras características anatómicas visibles. Fue entonces cuando se despertó su verdadero interés por la anatomía, lo que le permitiría, ya como artista de éxito, practicar la disección en hospitales de Florencia, Milán y Roma. Estaba convencido de que la investigación de la anatomía artística solo podía mejorar en la mesa de disecciones. De esta actividad surgiría la colaboración con Marcantonio della Torre (1481-1511), médico anatomista de Pavía, con el que prepararía frustradamente un tratado de anatomía –parte de él vería la luz un siglo más tarde con el título Tratado sobre la pintura–. Sus estudios prácticos de disección se vieron interrumpidos en 1515, cuando el Papa León X lo acusó de prácticas sacrílegas8, y se le prohibió la entrada en el Hospital del Espíritu Santo de Roma. De hecho, sus trabajos estuvieron doscientos años fuera de circulación, y para cuando se recuperaron habían perdido su carácter revolucionario. No obstante, gracias a sus propias disecciones, sentó las bases de la anatomía científica.

El célebre Studio en la Real Academia de Venecia de Leonardo, también conocido como El hombre de Vitruvio, supone la síntesis de la perfección anatómica. Es un estudio basado en las teorías del arquitecto Marco Vitruvio sobre la aplicación de la sección áurea –la proporción divina– al ser humano. Esta aplicación de la sección áurea al cuerpo humano tuvo gran resonancia durante el Renacimiento, dado que la asunción de la perfección de las proporciones anatómicas supuso un punto de partida para la investigación: la naturaleza y su divina perfección habían construido una máquina donde cada elemento tenía su función. Esta obra era además una visión del hombre como centro del Universo, al quedar inscrito simultáneamente en un círculo y en un cuadrado, ya que se consideraba al cuadrado como la base de lo clásico.

El origen de los trabajos anatómicos de Da Vinci radica en sus intereses artísticos, ya que la exploración del cuerpo humano y su funcionamiento tenían como objetivo perfeccionar la representación de la figura humana. Abarcó diferentes campos y se interesó por descifrar diversos aspectos del comportamiento interno del cuerpo humano. Si bien no hizo ningún descubrimiento verdaderamente importante, y cometió errores básicos en sus estudios provenientes de la anatomía comparada con animales, fue una figura adelantada a su tiempo que abrió camino a la ciencia y anatomía modernas a través de la práctica de la disección.

García Guerrero, M. (2012). Medicina y arte. La revolución de la anatomía en el Renacimiento. Revista Científica de la Sociedad Española de Enfermería Neurológica. https://www.elsevier.es/es-revista-revista- cientifica-sociedad-espanola-enfermeria-319-articulo-medicina-arte-la-revolucion-anatomia- X201352461242765X

¿Por qué el siguiente fragmento es un complemento a la lectura?

«Una característica adicional a la enseñanza de la medicina de la antigüedad y medieval es que los médicos tenían una gran capacidad de observación de la enfermedad, que les permitía tener una certeza diagnóstica además de predecir el curso clínico del padecimiento y su pronóstico. Por esto podían considerar con justicia a su medicina como una ciencia, más que un simple arte o habilidad manual, sino como un cuerpo demostrable de conocimientos porque estaban capacitados para hacer un diagnóstico, predecir qué pasaría y a veces curaban al paciente».

Romero, A., Ramírez, J., Ponce, F., y Soto, M. (2005). La cátedra de Cirugía y Anatomía en el Renacimiento. Cirugía y Cirujanos, 73(2), 151-158. https://www.medigraphic.com/pdfs/circir/cc- 2005/cc052o.pdf

DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.

A)
Porque explica uno de los factores que hizo que la medicina se considerara una ciencia en la Edad Media.
B)
Porque amplía el carácter artístico del estudio de la anatomía humana en la medicina de la Edad Media.
C)
Porque detalla los procedimientos desarrollados en la Edad Media para curar enfermedades.
D)
Porque profundiza en la metodología utilizada en la Edad Media para la observación del paciente.

Pregunta 17

Lectura 2: preguntas 8 a 17

Artículo académico escrito por Marcos García Guerrero, publicado en la Revista Científica de la Sociedad Española de Enfermería Neurológica el año 2012.

Medicina y arte. La revolución de la anatomía en el Renacimiento

Durante el Renacimiento, bajo el prisma de la filosofía humanista sustentada en el antropocentrismo y el racionalismo, los estudios científicos progresaron notablemente. El saber médico avanzó a partir de mediados del siglo XV, retomando el conocimiento del cuerpo humano como realidad básica de la medicina. Fue entonces cuando la anatomía recibió el impulso definitivo, dado el interés de los pensadores de la época –entre ellos los artistas– por la perfección física y las formas corporales. Es un momento en el que coinciden una gran cantidad de observadores y científicos que, tanto con su labor individual como colectiva, pudieron romper con la doctrina galénica5 imperante hasta la fecha. Este conocimiento anatómico fue el motor de las ciencias médicas, en general, y de la cirugía y anatomía, en particular.

El saber médico medieval que se impartía en las universidades italianas era heredero de la antigua tradición griega de Hipócrates, Aristóteles y Galeno, y estaba influido a su vez por los textos árabes de Avicena y Averroes. Su certeza diagnóstica y el empleo del método escolástico6 hicieron que la medicina comenzase a ser considerada una ciencia y se incluyó en el currículo de las universidades. A las descripciones clásicas de la medicina galena se agregaron las observaciones acumuladas durante las disecciones que se fueron realizando en las universidades medievales, pero no sería hasta el Renacimiento cuando tomase el impulso definitivo.

Cuando a finales de la Edad Media empezó a flexibilizarse la prohibición de la Iglesia para diseccionar cuerpos humanos, los médicos de la época empezaron a introducirse tímidamente en una práctica que aceleraría la posibilidad de acceso al conocimiento anatómico. Desde 1400 se realizaron disecciones en privado ante grupos selectos de estudiantes, y a finales del siglo XIV y principios del siglo XV, se comenzaron a incluir dentro de planes de estudios de algunas universidades, por lo que la asistencia de los estudiantes se hizo obligatoria. Los cuerpos eran proporcionados por las autoridades del ayuntamiento, generalmente cadáveres de criminales condenados a muerte. Era habitual diseccionar al año un cadáver masculino y otro femenino, generalmente en los meses de enero y febrero, debido a la falta de refrigeración. Durante el proceso, un profesor de medicina leía el libro de texto desde una tarima elevada y exponía el dogma anatómico; el cirujano-barbero (disector) ejecutaba la disección (caesum), mientras un tercero señalaba con una varilla las estructuras referidas, los órganos que se disecan. Cuando las partes disecadas diferían de las antiguas escrituras, se declaraba que el cuerpo era defectuoso y que ya no servía.

Desde finales del siglo XV y principios del XVI, los conocidos como “humanistas médicos” dieron un vuelco a la investigación y la enseñanza de la medicina. Bajo la estela de anatomistas anteriores, como Mondino de Luzzi (1270-1326), personalidades universitarias como Niccolò Leoniceno (1428-1524), Gabriele Zerbi (1445-1505), Alessandro Benedetti (1445-1525) o Jacopo Berengario da Carpi (1466-1530), prestaron un especial interés por el estudio de la anatomía a través de la disección. Aplicaron la filología humanística7 y la crítica ideológica a los textos antiguos. Comenzaron a preocuparse ante la contradicción entre los conceptos aristotélicos y galénicos –la verdad oficial de la Iglesia de entonces– y la realidad a la que se enfrentaban en sus disecciones y que en muchas ocasiones develaba errores cometidos anteriormente. Revisaron los textos clásicos bajo una perspectiva humanista, corrigieron los errores de traducción de Averroes y Avicena de la medicina griega, y abogaron por la libertad metodológica en la investigación, independientemente de lo establecido por Galeno y la lógica aristotélica. Es entonces cuando el humanismo médico y el interés renacentista generarán un importante avance en el estudio de la anatomía humana.

No hay que olvidarse de que, junto al trabajo de los anatomistas italianos –y del resto de europeos–, los mejores artistas de la época, a través del naciente naturalismo del siglo XV, dedicaron mucho tiempo al estudio de la anatomía, incluso por medio de disecciones. Es el caso de Miguel Ángel (1475-1564) o Alberto Durero (1471-1528), quienes, no satisfechos con aprender las leyes de la anatomía a partir del estudio de la escultura antigua o de los modelos de la figura humana, investigaron por su cuenta para comprender mejor el cuerpo humano.

Por encima de todos los artistas de la época sobresaldría Leonardo da Vinci (1452-1519), padre del alto Renacimiento y uno de los anatomistas más originales de todos los tiempos, considerado además el iniciador de la ilustración científica moderna. Su profundo amor por el conocimiento y la investigación fue la clave tanto de su comportamiento artístico, como científico. Llevó a cabo innovaciones en el campo de la pintura que determinaron la evolución del arte italiano, y sus investigaciones científicas anticiparon muchos de los avances de la ciencia moderna.

Su formación en anatomía se inició a los 18 años, durante su época como discípulo de Andrea del Verrocchio (1435-1488), quien defendía el estudio de esta disciplina para aprender a representar los cuerpos humanos con más exactitud. Como artista, rápidamente se hizo maestro en anatomía topográfica, realizando numerosos estudios sobre músculos, tendones y otras características anatómicas visibles. Fue entonces cuando se despertó su verdadero interés por la anatomía, lo que le permitiría, ya como artista de éxito, practicar la disección en hospitales de Florencia, Milán y Roma. Estaba convencido de que la investigación de la anatomía artística solo podía mejorar en la mesa de disecciones. De esta actividad surgiría la colaboración con Marcantonio della Torre (1481-1511), médico anatomista de Pavía, con el que prepararía frustradamente un tratado de anatomía –parte de él vería la luz un siglo más tarde con el título Tratado sobre la pintura–. Sus estudios prácticos de disección se vieron interrumpidos en 1515, cuando el Papa León X lo acusó de prácticas sacrílegas8, y se le prohibió la entrada en el Hospital del Espíritu Santo de Roma. De hecho, sus trabajos estuvieron doscientos años fuera de circulación, y para cuando se recuperaron habían perdido su carácter revolucionario. No obstante, gracias a sus propias disecciones, sentó las bases de la anatomía científica.

El célebre Studio en la Real Academia de Venecia de Leonardo, también conocido como El hombre de Vitruvio, supone la síntesis de la perfección anatómica. Es un estudio basado en las teorías del arquitecto Marco Vitruvio sobre la aplicación de la sección áurea –la proporción divina– al ser humano. Esta aplicación de la sección áurea al cuerpo humano tuvo gran resonancia durante el Renacimiento, dado que la asunción de la perfección de las proporciones anatómicas supuso un punto de partida para la investigación: la naturaleza y su divina perfección habían construido una máquina donde cada elemento tenía su función. Esta obra era además una visión del hombre como centro del Universo, al quedar inscrito simultáneamente en un círculo y en un cuadrado, ya que se consideraba al cuadrado como la base de lo clásico.

El origen de los trabajos anatómicos de Da Vinci radica en sus intereses artísticos, ya que la exploración del cuerpo humano y su funcionamiento tenían como objetivo perfeccionar la representación de la figura humana. Abarcó diferentes campos y se interesó por descifrar diversos aspectos del comportamiento interno del cuerpo humano. Si bien no hizo ningún descubrimiento verdaderamente importante, y cometió errores básicos en sus estudios provenientes de la anatomía comparada con animales, fue una figura adelantada a su tiempo que abrió camino a la ciencia y anatomía modernas a través de la práctica de la disección.

García Guerrero, M. (2012). Medicina y arte. La revolución de la anatomía en el Renacimiento. Revista Científica de la Sociedad Española de Enfermería Neurológica. https://www.elsevier.es/es-revista-revista- cientifica-sociedad-espanola-enfermeria-319-articulo-medicina-arte-la-revolucion-anatomia- X201352461242765X

¿Qué temática de la lectura se representa en la siguiente imagen?

Figura original DEMRE
Da Vinci, L. (c. 1490). Hombre de Vitruvio. Galería de la Academia de Venecia.

DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.

A)
La intención de esquematizar la visión medieval del cuerpo humano.
B)
El conocimiento del cuerpo humano como base para la medicina.
C)
El intento de ilustrar la perfección anatómica del cuerpo humano.
D)
La concepción del cuerpo humano en la tradición galénica.

Pregunta 18

Lectura 3: preguntas 18 a 25

Fragmento de un cuento del libro La casa de medianoche y otros cuentos de William F. Harvey, publicado originalmente el año 1910.

El calor de agosto

PENISTONE ROAD, CLAPHAM 20 DE AGOSTO DE 190…

Creo haber vivido el día más extraordinario de mi vida, y mientras los sucesos siguen frescos en mi mente quiero ponerlos por escrito con tanta claridad como pueda. Permítanme comenzar diciendo que mi nombre es James Clarence Withencroft. Tengo cuarenta años y gozo de perfecta salud: no he estado enfermo ni una sola vez. De profesión soy artista, no muy exitoso, pero con mis dibujos a lápiz gano bastante dinero para satisfacer mis necesidades. […]

Desayuné esta mañana a las nueve y, después de echar un vistazo al periódico de la mañana, encendí mi pipa y procedí a dejar que mi mente vagara, con la esperanza de que diera con algo para dibujar. En el cuarto, aunque puerta y ventanas estaban abiertas, se sentía un calor opresivo, y apenas había decidido que el lugar más fresco y confortable en el vecindario debía ser la parte más profunda de la piscina pública cuando la idea llegó.

Empecé a dibujar. Tan concentrado estaba en mi trabajo que no toqué mi almuerzo y solo dejé de trabajar cuando el reloj de San Judas dio las cuatro de la tarde. El resultado final, con todo y ser un boceto apresurado, era (me sentí seguro de esto) lo mejor que hubiera hecho jamás.

El dibujo mostraba a un criminal en el banquillo inmediatamente después de escuchar su sentencia. El hombre era gordo, enormemente gordo: la carne le colgaba en rollos alrededor de la barbilla y creaba pliegues en su cuello ancho y grueso. Estaba rasurado (tal vez debería decir: unos días antes debía haberse visto rasurado) y era casi calvo. Sentado en el banquillo, sus dedos cortos y torpes se aferraban a la barandilla de madera. Miraba directo hacia el frente. El sentimiento que su expresión comunicaba no era tanto de horror como de colapso, total, absoluto. Parecía no tener fuerzas para sostener su propio cuerpo.

Enrollé el boceto y, sin saber del todo por qué, lo puse en mi bolsillo. Entonces, con el raro sentimiento de felicidad que da el conocimiento de haber hecho algo bien, salí de mi casa. […] Desde ese punto solo tengo el recuerdo más vago de para dónde fui. Lo único de lo que estaba enteramente consciente era del horrible calor, que subía del asfalto polvoriento en oleadas casi palpables. […] Debo haber caminado cinco o seis millas cuando un niño me despertó de mi ensueño al preguntarme la hora. Eran veinte para las siete.

Cuando el niño se fue empecé a fijarme en dónde estaba. Me encontraba de pie ante una puerta que llevaba a un patio bordeado por una cinta de tierra seca en la que había alhelíes y geranios. Sobre la entrada había un cartel con las palabras:

CHARLES ATKINSON MONUMENTOS MÁRMOLES INGLESES E ITALIANOS

Del patio propiamente dicho llegaba un silbido alegre, el ruido de golpes de martillo y el sonido frío del metal sobre la piedra. Un súbito impulso me hizo entrar. Un hombre estaba sentado, dándome la espalda, trabajando en una losa de mármol curiosamente veteado. Se volvió hacia mí al oír mis pasos y al verlo me detuve. Era el hombre que yo había estado dibujando, aquel cuyo retrato estaba en mi bolsillo.

Estaba ahí sentado, enorme, con el sudor fluyendo de su calva, que él limpiaba con un pañuelo de seda roja. Pero, aunque su cara era la misma, su expresión era totalmente diferente. Me saludó sonriendo, como si fuéramos viejos amigos, y estrechó mi mano. Yo me disculpé por mi intrusión.

—Afuera hace muchísimo calor y todo deslumbra —dije—. En cambio, aquí parece un oasis en el desierto. —No sé si será un oasis —contestó— pero ciertamente hace un calor infernal. Siéntese, señor.

Señaló un extremo de la lápida en la que trabajaba y yo me senté.

—Esta es una piedra hermosa —dije.

Él negó con la cabeza.

—Lo es en cierto modo —contestó—; la superficie de este lado es tan buena como cualquiera podría desear, pero hay un gran defecto en la parte de atrás. A lo mejor usted no podría verlo, pero realmente este trozo de mármol no sirve para un buen trabajo. En un verano como este se vería muy bien, no le pasaría nada con este maldito calor. Pero espere a que llegue el invierno. No hay nada como una helada para mostrar los puntos débiles de la piedra.

—¿Entonces para qué la va a usar? —pregunté.

El hombre rio a carcajadas.

—A lo mejor le suena raro, pero es para exhibirla. Los artistas hacen exhibiciones, los verduleros y los carniceros hacen exhibiciones, y nosotros también. Todas las nuevas tendencias en lápidas, ya sabe. […]

Yo dije poco porque me sentía incómodo. Había algo antinatural, siniestro, en haber encontrado a aquel hombre. Primero quise persuadirme de que debía haberlo visto antes: de que su cara, aunque me pareciera desconocida, debía tener un lugar en algún rincón apartado de mi memoria, pero entendí que aquello solo era una forma razonable de engañarme a mí mismo.

El señor Atkinson terminó su trabajo, escupió en el suelo y se levantó con un suspiro de alivio.

—¡Listo! ¿Qué le parece? —dijo, con evidente aire de orgullo.

La inscripción, que leí entonces por primera vez, era esta:

DEDICADO A LA MEMORIA DE JAMES CLARENCE WITHENCROFT NACIDO EL 18 DE ENERO DE 1860 MURIÓ REPENTINAMENTE EL 20 DE AGOSTO DE 190…

Por un tiempo me quedé sentado en silencio. Entonces un escalofrío bajó por mi espalda. Le pregunté dónde había visto el nombre.

—Oh, no lo vi en ninguna parte —respondió el señor Atkinson—. Quería algún nombre, y escribí el primero que se me ocurrió. ¿Por qué lo pregunta? —Es una extraña coincidencia, pero resulta que es mi nombre.

Él dio un silbido largo y grave.

—¿Y las fechas? —Solo puedo estar seguro de una, y es la correcta. —¡Qué cosa más extraña! —dijo él.

Pero él sabía menos que yo. Le conté de mi trabajo de la mañana. Saqué el boceto de mi bolsillo y se lo mostré. Mientras lo miraba, la expresión de su cara se fue alterando hasta parecerse a la del hombre que yo había dibujado.

—¡Y pensar que apenas anteayer —comentó— le dije a María que los fantasmas no existen!

Ninguno de los dos había visto un fantasma, pero entendí a qué se refería.

—Usted probablemente escuchó mi nombre —dije.

—¡Y usted debe haberme visto en alguna parte y no se acuerda! ¿No estuvo en Clacton- on-Sea en julio pasado?

Nunca en mi vida he estado en Clacton. Nos quedamos callados por un tiempo. Los dos mirábamos la misma cosa: las dos fechas en la lápida, de las cuales una era correcta. […]

—Perdone la pregunta —dije—, pero ¿sabe de algo que haya hecho por lo que pudieran llevarlo a juicio?

Él negó con la cabeza. […]

—¿Dónde vive usted? —dijo—.

Le di mi dirección. Me tomaría una hora regresar a pie, yendo a buen paso.

—Mire, la cosa es así —dijo—. Vamos a hablar de esto sin rodeos. Si usted regresa a su casa esta noche, corre el riesgo de accidentarse. Un carro puede atropellarlo, y siempre puede haber cáscaras de plátano o de naranja, por no hablar de escaleras que caen.

Hablaba de lo improbable con una intensa seriedad que hubiera sido risible seis horas antes. Pero yo no me reí.

—Lo mejor que podemos hacer —continuó— es que usted se quede aquí hasta las doce. Iremos arriba a fumar; a lo mejor hace menos calor.

Para mi sorpresa, acepté.

* * * Ahora estamos sentados en una habitación larga, aunque no muy alta, bajo los aleros. Atkinson ha enviado a la cama a su mujer. Él está ocupado, afilando algunas herramientas con una piedra de afilar mientras se fuma uno de mis cigarros.

El aire parece cargado de truenos. Escribo esto sobre una mesa temblorosa ante la ventana abierta. Una pata está a punto de romperse, y Atkinson, quien parece un hombre hábil con sus herramientas, va a arreglarla tan pronto como haya terminado de afilar su cincel.

Ya son las once. Me habré marchado en menos de una hora. Pero este calor es espantoso.

Es de los que vuelven loca a la gente.

Harvey, W. (2008). El calor de agosto. Las Historias. https://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/el-calor-de-agosto/

¿A qué se dedicaba Charles Atkinson?

DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.

A)
A tallar losas de mármol.
B)
A exhibir restos de mármol.
C)
A restaurar piezas de mármol.
D)
A reparar monumentos de mármol.

Pregunta 19

Lectura 3: preguntas 18 a 25

Fragmento de un cuento del libro La casa de medianoche y otros cuentos de William F. Harvey, publicado originalmente el año 1910.

El calor de agosto

PENISTONE ROAD, CLAPHAM 20 DE AGOSTO DE 190…

Creo haber vivido el día más extraordinario de mi vida, y mientras los sucesos siguen frescos en mi mente quiero ponerlos por escrito con tanta claridad como pueda. Permítanme comenzar diciendo que mi nombre es James Clarence Withencroft. Tengo cuarenta años y gozo de perfecta salud: no he estado enfermo ni una sola vez. De profesión soy artista, no muy exitoso, pero con mis dibujos a lápiz gano bastante dinero para satisfacer mis necesidades. […]

Desayuné esta mañana a las nueve y, después de echar un vistazo al periódico de la mañana, encendí mi pipa y procedí a dejar que mi mente vagara, con la esperanza de que diera con algo para dibujar. En el cuarto, aunque puerta y ventanas estaban abiertas, se sentía un calor opresivo, y apenas había decidido que el lugar más fresco y confortable en el vecindario debía ser la parte más profunda de la piscina pública cuando la idea llegó.

Empecé a dibujar. Tan concentrado estaba en mi trabajo que no toqué mi almuerzo y solo dejé de trabajar cuando el reloj de San Judas dio las cuatro de la tarde. El resultado final, con todo y ser un boceto apresurado, era (me sentí seguro de esto) lo mejor que hubiera hecho jamás.

El dibujo mostraba a un criminal en el banquillo inmediatamente después de escuchar su sentencia. El hombre era gordo, enormemente gordo: la carne le colgaba en rollos alrededor de la barbilla y creaba pliegues en su cuello ancho y grueso. Estaba rasurado (tal vez debería decir: unos días antes debía haberse visto rasurado) y era casi calvo. Sentado en el banquillo, sus dedos cortos y torpes se aferraban a la barandilla de madera. Miraba directo hacia el frente. El sentimiento que su expresión comunicaba no era tanto de horror como de colapso, total, absoluto. Parecía no tener fuerzas para sostener su propio cuerpo.

Enrollé el boceto y, sin saber del todo por qué, lo puse en mi bolsillo. Entonces, con el raro sentimiento de felicidad que da el conocimiento de haber hecho algo bien, salí de mi casa. […] Desde ese punto solo tengo el recuerdo más vago de para dónde fui. Lo único de lo que estaba enteramente consciente era del horrible calor, que subía del asfalto polvoriento en oleadas casi palpables. […] Debo haber caminado cinco o seis millas cuando un niño me despertó de mi ensueño al preguntarme la hora. Eran veinte para las siete.

Cuando el niño se fue empecé a fijarme en dónde estaba. Me encontraba de pie ante una puerta que llevaba a un patio bordeado por una cinta de tierra seca en la que había alhelíes y geranios. Sobre la entrada había un cartel con las palabras:

CHARLES ATKINSON MONUMENTOS MÁRMOLES INGLESES E ITALIANOS

Del patio propiamente dicho llegaba un silbido alegre, el ruido de golpes de martillo y el sonido frío del metal sobre la piedra. Un súbito impulso me hizo entrar. Un hombre estaba sentado, dándome la espalda, trabajando en una losa de mármol curiosamente veteado. Se volvió hacia mí al oír mis pasos y al verlo me detuve. Era el hombre que yo había estado dibujando, aquel cuyo retrato estaba en mi bolsillo.

Estaba ahí sentado, enorme, con el sudor fluyendo de su calva, que él limpiaba con un pañuelo de seda roja. Pero, aunque su cara era la misma, su expresión era totalmente diferente. Me saludó sonriendo, como si fuéramos viejos amigos, y estrechó mi mano. Yo me disculpé por mi intrusión.

—Afuera hace muchísimo calor y todo deslumbra —dije—. En cambio, aquí parece un oasis en el desierto. —No sé si será un oasis —contestó— pero ciertamente hace un calor infernal. Siéntese, señor.

Señaló un extremo de la lápida en la que trabajaba y yo me senté.

—Esta es una piedra hermosa —dije.

Él negó con la cabeza.

—Lo es en cierto modo —contestó—; la superficie de este lado es tan buena como cualquiera podría desear, pero hay un gran defecto en la parte de atrás. A lo mejor usted no podría verlo, pero realmente este trozo de mármol no sirve para un buen trabajo. En un verano como este se vería muy bien, no le pasaría nada con este maldito calor. Pero espere a que llegue el invierno. No hay nada como una helada para mostrar los puntos débiles de la piedra.

—¿Entonces para qué la va a usar? —pregunté.

El hombre rio a carcajadas.

—A lo mejor le suena raro, pero es para exhibirla. Los artistas hacen exhibiciones, los verduleros y los carniceros hacen exhibiciones, y nosotros también. Todas las nuevas tendencias en lápidas, ya sabe. […]

Yo dije poco porque me sentía incómodo. Había algo antinatural, siniestro, en haber encontrado a aquel hombre. Primero quise persuadirme de que debía haberlo visto antes: de que su cara, aunque me pareciera desconocida, debía tener un lugar en algún rincón apartado de mi memoria, pero entendí que aquello solo era una forma razonable de engañarme a mí mismo.

El señor Atkinson terminó su trabajo, escupió en el suelo y se levantó con un suspiro de alivio.

—¡Listo! ¿Qué le parece? —dijo, con evidente aire de orgullo.

La inscripción, que leí entonces por primera vez, era esta:

DEDICADO A LA MEMORIA DE JAMES CLARENCE WITHENCROFT NACIDO EL 18 DE ENERO DE 1860 MURIÓ REPENTINAMENTE EL 20 DE AGOSTO DE 190…

Por un tiempo me quedé sentado en silencio. Entonces un escalofrío bajó por mi espalda. Le pregunté dónde había visto el nombre.

—Oh, no lo vi en ninguna parte —respondió el señor Atkinson—. Quería algún nombre, y escribí el primero que se me ocurrió. ¿Por qué lo pregunta? —Es una extraña coincidencia, pero resulta que es mi nombre.

Él dio un silbido largo y grave.

—¿Y las fechas? —Solo puedo estar seguro de una, y es la correcta. —¡Qué cosa más extraña! —dijo él.

Pero él sabía menos que yo. Le conté de mi trabajo de la mañana. Saqué el boceto de mi bolsillo y se lo mostré. Mientras lo miraba, la expresión de su cara se fue alterando hasta parecerse a la del hombre que yo había dibujado.

—¡Y pensar que apenas anteayer —comentó— le dije a María que los fantasmas no existen!

Ninguno de los dos había visto un fantasma, pero entendí a qué se refería.

—Usted probablemente escuchó mi nombre —dije.

—¡Y usted debe haberme visto en alguna parte y no se acuerda! ¿No estuvo en Clacton- on-Sea en julio pasado?

Nunca en mi vida he estado en Clacton. Nos quedamos callados por un tiempo. Los dos mirábamos la misma cosa: las dos fechas en la lápida, de las cuales una era correcta. […]

—Perdone la pregunta —dije—, pero ¿sabe de algo que haya hecho por lo que pudieran llevarlo a juicio?

Él negó con la cabeza. […]

—¿Dónde vive usted? —dijo—.

Le di mi dirección. Me tomaría una hora regresar a pie, yendo a buen paso.

—Mire, la cosa es así —dijo—. Vamos a hablar de esto sin rodeos. Si usted regresa a su casa esta noche, corre el riesgo de accidentarse. Un carro puede atropellarlo, y siempre puede haber cáscaras de plátano o de naranja, por no hablar de escaleras que caen.

Hablaba de lo improbable con una intensa seriedad que hubiera sido risible seis horas antes. Pero yo no me reí.

—Lo mejor que podemos hacer —continuó— es que usted se quede aquí hasta las doce. Iremos arriba a fumar; a lo mejor hace menos calor.

Para mi sorpresa, acepté.

* * * Ahora estamos sentados en una habitación larga, aunque no muy alta, bajo los aleros. Atkinson ha enviado a la cama a su mujer. Él está ocupado, afilando algunas herramientas con una piedra de afilar mientras se fuma uno de mis cigarros.

El aire parece cargado de truenos. Escribo esto sobre una mesa temblorosa ante la ventana abierta. Una pata está a punto de romperse, y Atkinson, quien parece un hombre hábil con sus herramientas, va a arreglarla tan pronto como haya terminado de afilar su cincel.

Ya son las once. Me habré marchado en menos de una hora. Pero este calor es espantoso.

Es de los que vuelven loca a la gente.

Harvey, W. (2008). El calor de agosto. Las Historias. https://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/el-calor-de-agosto/

¿En qué situación el protagonista siente por primera vez que sucede algo sobrenatural?

DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.

A)
Cuando despierta de su ensoñación tras hablar con un niño.
B)
Cuando descubre una lápida con sus datos de nacimiento.
C)
Cuando se siente afectado por las temperaturas extremas.
D)
Cuando se encuentra con el mismo hombre de su dibujo.

Pregunta 20

Lectura 3: preguntas 18 a 25

Fragmento de un cuento del libro La casa de medianoche y otros cuentos de William F. Harvey, publicado originalmente el año 1910.

El calor de agosto

PENISTONE ROAD, CLAPHAM 20 DE AGOSTO DE 190…

Creo haber vivido el día más extraordinario de mi vida, y mientras los sucesos siguen frescos en mi mente quiero ponerlos por escrito con tanta claridad como pueda. Permítanme comenzar diciendo que mi nombre es James Clarence Withencroft. Tengo cuarenta años y gozo de perfecta salud: no he estado enfermo ni una sola vez. De profesión soy artista, no muy exitoso, pero con mis dibujos a lápiz gano bastante dinero para satisfacer mis necesidades. […]

Desayuné esta mañana a las nueve y, después de echar un vistazo al periódico de la mañana, encendí mi pipa y procedí a dejar que mi mente vagara, con la esperanza de que diera con algo para dibujar. En el cuarto, aunque puerta y ventanas estaban abiertas, se sentía un calor opresivo, y apenas había decidido que el lugar más fresco y confortable en el vecindario debía ser la parte más profunda de la piscina pública cuando la idea llegó.

Empecé a dibujar. Tan concentrado estaba en mi trabajo que no toqué mi almuerzo y solo dejé de trabajar cuando el reloj de San Judas dio las cuatro de la tarde. El resultado final, con todo y ser un boceto apresurado, era (me sentí seguro de esto) lo mejor que hubiera hecho jamás.

El dibujo mostraba a un criminal en el banquillo inmediatamente después de escuchar su sentencia. El hombre era gordo, enormemente gordo: la carne le colgaba en rollos alrededor de la barbilla y creaba pliegues en su cuello ancho y grueso. Estaba rasurado (tal vez debería decir: unos días antes debía haberse visto rasurado) y era casi calvo. Sentado en el banquillo, sus dedos cortos y torpes se aferraban a la barandilla de madera. Miraba directo hacia el frente. El sentimiento que su expresión comunicaba no era tanto de horror como de colapso, total, absoluto. Parecía no tener fuerzas para sostener su propio cuerpo.

Enrollé el boceto y, sin saber del todo por qué, lo puse en mi bolsillo. Entonces, con el raro sentimiento de felicidad que da el conocimiento de haber hecho algo bien, salí de mi casa. […] Desde ese punto solo tengo el recuerdo más vago de para dónde fui. Lo único de lo que estaba enteramente consciente era del horrible calor, que subía del asfalto polvoriento en oleadas casi palpables. […] Debo haber caminado cinco o seis millas cuando un niño me despertó de mi ensueño al preguntarme la hora. Eran veinte para las siete.

Cuando el niño se fue empecé a fijarme en dónde estaba. Me encontraba de pie ante una puerta que llevaba a un patio bordeado por una cinta de tierra seca en la que había alhelíes y geranios. Sobre la entrada había un cartel con las palabras:

CHARLES ATKINSON MONUMENTOS MÁRMOLES INGLESES E ITALIANOS

Del patio propiamente dicho llegaba un silbido alegre, el ruido de golpes de martillo y el sonido frío del metal sobre la piedra. Un súbito impulso me hizo entrar. Un hombre estaba sentado, dándome la espalda, trabajando en una losa de mármol curiosamente veteado. Se volvió hacia mí al oír mis pasos y al verlo me detuve. Era el hombre que yo había estado dibujando, aquel cuyo retrato estaba en mi bolsillo.

Estaba ahí sentado, enorme, con el sudor fluyendo de su calva, que él limpiaba con un pañuelo de seda roja. Pero, aunque su cara era la misma, su expresión era totalmente diferente. Me saludó sonriendo, como si fuéramos viejos amigos, y estrechó mi mano. Yo me disculpé por mi intrusión.

—Afuera hace muchísimo calor y todo deslumbra —dije—. En cambio, aquí parece un oasis en el desierto. —No sé si será un oasis —contestó— pero ciertamente hace un calor infernal. Siéntese, señor.

Señaló un extremo de la lápida en la que trabajaba y yo me senté.

—Esta es una piedra hermosa —dije.

Él negó con la cabeza.

—Lo es en cierto modo —contestó—; la superficie de este lado es tan buena como cualquiera podría desear, pero hay un gran defecto en la parte de atrás. A lo mejor usted no podría verlo, pero realmente este trozo de mármol no sirve para un buen trabajo. En un verano como este se vería muy bien, no le pasaría nada con este maldito calor. Pero espere a que llegue el invierno. No hay nada como una helada para mostrar los puntos débiles de la piedra.

—¿Entonces para qué la va a usar? —pregunté.

El hombre rio a carcajadas.

—A lo mejor le suena raro, pero es para exhibirla. Los artistas hacen exhibiciones, los verduleros y los carniceros hacen exhibiciones, y nosotros también. Todas las nuevas tendencias en lápidas, ya sabe. […]

Yo dije poco porque me sentía incómodo. Había algo antinatural, siniestro, en haber encontrado a aquel hombre. Primero quise persuadirme de que debía haberlo visto antes: de que su cara, aunque me pareciera desconocida, debía tener un lugar en algún rincón apartado de mi memoria, pero entendí que aquello solo era una forma razonable de engañarme a mí mismo.

El señor Atkinson terminó su trabajo, escupió en el suelo y se levantó con un suspiro de alivio.

—¡Listo! ¿Qué le parece? —dijo, con evidente aire de orgullo.

La inscripción, que leí entonces por primera vez, era esta:

DEDICADO A LA MEMORIA DE JAMES CLARENCE WITHENCROFT NACIDO EL 18 DE ENERO DE 1860 MURIÓ REPENTINAMENTE EL 20 DE AGOSTO DE 190…

Por un tiempo me quedé sentado en silencio. Entonces un escalofrío bajó por mi espalda. Le pregunté dónde había visto el nombre.

—Oh, no lo vi en ninguna parte —respondió el señor Atkinson—. Quería algún nombre, y escribí el primero que se me ocurrió. ¿Por qué lo pregunta? —Es una extraña coincidencia, pero resulta que es mi nombre.

Él dio un silbido largo y grave.

—¿Y las fechas? —Solo puedo estar seguro de una, y es la correcta. —¡Qué cosa más extraña! —dijo él.

Pero él sabía menos que yo. Le conté de mi trabajo de la mañana. Saqué el boceto de mi bolsillo y se lo mostré. Mientras lo miraba, la expresión de su cara se fue alterando hasta parecerse a la del hombre que yo había dibujado.

—¡Y pensar que apenas anteayer —comentó— le dije a María que los fantasmas no existen!

Ninguno de los dos había visto un fantasma, pero entendí a qué se refería.

—Usted probablemente escuchó mi nombre —dije.

—¡Y usted debe haberme visto en alguna parte y no se acuerda! ¿No estuvo en Clacton- on-Sea en julio pasado?

Nunca en mi vida he estado en Clacton. Nos quedamos callados por un tiempo. Los dos mirábamos la misma cosa: las dos fechas en la lápida, de las cuales una era correcta. […]

—Perdone la pregunta —dije—, pero ¿sabe de algo que haya hecho por lo que pudieran llevarlo a juicio?

Él negó con la cabeza. […]

—¿Dónde vive usted? —dijo—.

Le di mi dirección. Me tomaría una hora regresar a pie, yendo a buen paso.

—Mire, la cosa es así —dijo—. Vamos a hablar de esto sin rodeos. Si usted regresa a su casa esta noche, corre el riesgo de accidentarse. Un carro puede atropellarlo, y siempre puede haber cáscaras de plátano o de naranja, por no hablar de escaleras que caen.

Hablaba de lo improbable con una intensa seriedad que hubiera sido risible seis horas antes. Pero yo no me reí.

—Lo mejor que podemos hacer —continuó— es que usted se quede aquí hasta las doce. Iremos arriba a fumar; a lo mejor hace menos calor.

Para mi sorpresa, acepté.

* * * Ahora estamos sentados en una habitación larga, aunque no muy alta, bajo los aleros. Atkinson ha enviado a la cama a su mujer. Él está ocupado, afilando algunas herramientas con una piedra de afilar mientras se fuma uno de mis cigarros.

El aire parece cargado de truenos. Escribo esto sobre una mesa temblorosa ante la ventana abierta. Una pata está a punto de romperse, y Atkinson, quien parece un hombre hábil con sus herramientas, va a arreglarla tan pronto como haya terminado de afilar su cincel.

Ya son las once. Me habré marchado en menos de una hora. Pero este calor es espantoso.

Es de los que vuelven loca a la gente.

Harvey, W. (2008). El calor de agosto. Las Historias. https://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/el-calor-de-agosto/

De acuerdo con el relato, ¿qué situación atemorizó al protagonista?

DEMRE, PAES Invierno 2026, Forma 101.

A)
La revelación de Charles Atkinson de su obra finalizada.
B)
La similitud de Charles Atkinson con el hombre del boceto.
C)
La repentina corazonada que lo arrastró hacia Charles Atkinson.
D)
La reacción de Charles Atkinson al preguntarle por delitos previos.

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